Salud cognitiva

Tu presión y tu azúcar pueden estar envejeciendo tu cerebro sin que lo notes

La semana pasada atendía a una mujer de 62 años con hipertensión, prediabetes y colesterol moderadamente alto. Nada especial, salvo por un detalle: tomaba los medicamentos cuando se acordaba; suspendía alguno cuando “se sentía bien” y miraba la presión arterial como quien mira el pronóstico del tiempo: si hoy estaba buena, asumía que el problema había desaparecido. Mi asistente me avisó que la cita siguiente había sido reprogramada a última hora, me quedaron entonces dos citas completas por delante. Así que le dije: “Julia, hoy no te vas a escapar con una tarjeta amarilla de advertencia, una fórmula y un nos vemos en tres meses”. Hice algo mucho más convincente que sermonear a alguien por no tomarse en serio las recomendaciones: le mostré un estudio reciente que siguió durante décadas a más de 12.000 personas y encontró que, a partir de los 55 años, quienes llegaban sin hipertensión, diabetes ni tabaquismo podían esperar 30 años más de vida sin demencia y quienes acumulaban los tres factores, cerca de 17 años. Trece años de diferencia.

Le dije: Julia, hace 5 tienes hipertensión, prediabetes y no sigues las recomendaciones; si continúas así, en unos años voy a dejar de ser tu médico de toda la vida y pasaré a ser ese señor de canoso y chistoso que te resulta vagamente conocido.

Le expliqué entonces algo que a veces olvidamos: la hipertensión y la diabetes no enferman únicamente el corazón y los riñones, también van dañando el cerebro. La presión alta castiga durante años las pequeñas arterias cerebrales; la glucosa elevada favorece inflamación, lesión vascular y aterosclerosis y cuando ambos problemas se juntan, el cerebro recibe una colección de pequeñas agresiones que no producen dolor, no avisan y no obligan a ir a urgencias. Allí está la trampa, nadie siente cómo cómo se acumulan los pequeños infartos silenciosos en el cerebro.

“Barcha, entonces, ¿mi memoria solo depende de tomarme la pastilla de la presión?”, me preguntó. No, no es tan simple, pero controlar la presión, la glucosa, el colesterol, hacer ejercicio, dormir bien y no fumar probablemente es mucho más útil para proteger su cerebro que empezar dentro de veinte años a comprar crucigramas, sudoku y frascos de ginkgo biloba.

Al final no cambié ningún medicamento. Cambié la conversación. Le propuse que dejáramos de hablar de “cumplir el tratamiento” y comenzáramos a hablar de comprar años de cerebro funcional. Cada presión bien controlada, cada hemoglobina glicosilada que no se dispara, cada caminata y cada sesión de fuerza no garantizan que nunca aparezca demencia, pero inclinan la balanza a favor. Y eso parece tener mucho más sentido cuando uno tiene 50, 60 o 70 años: el objetivo ya no es solamente llegar a viejo, es llegar pudiendo reconocer a quienes queremos, manejar nuestro dinero, decidir por nosotros mismos y recordar dónde dejamos los lentes. Aunque confieso que estas últimas las sigo perdiendo incluso con la presión perfecta… hoy, por ejemplo, se las llevó un paciente.

Bibliografía para curiosos

Hu J, Coresh J, Smith JR, Sharrett AR, Gottesman RF, Lutsey PL, et al. Midlife Vascular Risk Burden and Dementia-Free Survival Years: The Atherosclerosis Risk in Communities Neurocognitive Study. Neurology Open Access. 2026;2:e000152. doi:10.1212/WN9.0000000000000152.

Temblor en las manos

“Barcha, mira: cuando firmo me tiembla la mano y si agarro un vaso también. Estoy preocupado, ¿será Parkinson?”.

Efectivamente, cuando escribía su mano temblaba. Le pedí que apoyara las manos sobre las piernas y ocurrió algo curioso: quietas, no temblaban. El espectáculo comenzaba cuando intentaba usarlas. Eso encaja mucho más con un temblor esencial, un trastorno neurológico muy frecuente en el que el temblor aparece sobre todo al realizar una acción: escribir, acercar una cuchara a la boca, sostener el celular o levantar esa taza de café que, de repente, parece estar atravesando una carretera destapada. Puede afectar ambas manos y también, en algunas personas, la cabeza o la voz.

El temblor del Parkinson generalmente aparece cuando la mano está en reposo, suele comenzar más de un lado que del otro y no viene solo: además se asocia a lentitud de movimientos, rigidez y cambios en la marcha. El paciente con temblor esencial puede entrar caminando rápido al consultorio, sacar la billetera, buscar la tarjeta y discutir conmigo perfectamente; el problema comienza cuando tiene que firmar el recibo y su mano parece adquirir vida propia. Estas diferencias no son reglas matemáticas, algunas personas con Parkinson también presentan temblor durante la acción y un temblor esencial avanzado puede adquirir características menos típicas. Por eso revisamos al paciente, no solamente al vaso que está temblando.

Así que le dije lo que probablemente más necesitaba escuchar: tranquilo, temblar al firmar o al sostener un vaso no significa automáticamente que tengas Parkinson. El temblor esencial suele ser una condición benigna desde el punto de vista de supervivencia, aunque puede volverse muy fastidioso para comer, escribir, afeitarse o tomar café sin bautizar al vecino. Si es leve, muchas veces basta con observarlo y revisar los factores que pueden aumentarlo: estrés, falta de sueño, algunos medicamentos o exceso de cafeína; si interfiere con la vida diaria, existen tratamientos eficaces que tu médico puede considerar. Lo importante es consultar si el temblor es nuevo, progresa rápido, aparece predominantemente en reposo o se acompaña de lentitud, rigidez o problemas para caminar. Una mano que tiembla no es un diagnóstico de Parkinson.

Audición y demencia

Jaime debe usar audífonos y los tiene… pero los guarda con un cariño extraordinario dentro del estuche. “Doctor, yo oigo bien. El problema es que la gente ahora habla bajito”. Victoria, la esposa, sentada al lado, puso una cara que resumía cuarenta años de matrimonio. Le pregunté cuántas veces al día decía “¿cómo?”, cuánto subía el volumen del televisor y cuántas conversaciones terminaba abandonando porque no entendía bien. “Bueno, algunas”, respondió. Algunas, según la esposa, eran casi todas.

Le dije: “mira Jaime, la verdad no me preocupa solamente que no oigas. Me preocupa lo que puede pasar con tu cerebro si sigues sin oír bien”. Ahí sí me escuchó. Y sin audífono.

La pérdida auditiva después de los 50 o 60 años no es simplemente una molestia para ver televisión. Diversos estudios han encontrado una asociación entre pérdida auditiva y mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia. En investigaciones recientes, incluso pérdidas auditivas relativamente leves se han relacionado con cambios en la sustancia blanca del ceebro, menor volumen en algunas regiones cerebrales y peor desempeño en funciones como la atención y la capacidad ejecutiva. No significa que quedarse sordo produzca directamente demencia, ni que ponerse un audífono sea una vacuna contra el Alzheimer; pero hay una explicación bastante lógica: cuando escuchar se vuelve difícil, el cerebro tiene que gastar más recursos intentando descifrar palabras, la persona participa menos en conversaciones y puede comenzar a aislarse. El cerebro, que es un órgano bastante sociable, no parece disfrutar demasiado de quedarse sentado en silencio mientras los demás conversan alrededor.

Es que la pérdida auditiva es uno de los factores modificables incluidos actualmente entre las estrategias de prevención del deterioro cognitivo. Jaime finalmente aceptó probarlos otra vez. No sé si lo convenció mi explicación o que su esposa añadió: “…y si te da demencia, te dejo en una casa de adultos mayores..”. Probablemente fue lo segundo. Pero si tienes audífonos guardados en un cajón, tal vez hoy sea un buen día para sacarlos. Y si te dicen que no oyes bien haz una simple audiometría y logoaudiometría, tus oídos los necesitan. Y tu cerebro podría agradecértelo también.

Hígado graso y prediabetes

La prediabetes y el hígado graso suelen aparecer juntos. ¿Por qué? Porque cuando hay resistencia a la insulina, el cuerpo maneja peor el azúcar y también las grasas. Parte de esa energía que sobra termina guardándose en el hígado. Es como si el hígado dijera: “Bueno, déjenme eso aquí, que después vemos qué hacemos”. Y empieza a acumular grasa. Al principio no produce síntomas y tú ni te enteras. El problema no es solo tener grasa en el hígado: lo importante es saber si esa grasa está inflamando al hígado y, sobre todo, si está comenzando a dejar cicatrices.

Por eso solicitamos unos exámenes muy sencillos: ALT, AST (transaminasas hepáticas) y plaquetas. ALT y AST son unas enzimas que pueden elevarse en sangre cuando el hígado está sufriendo. Las plaquetas también nos dan pistas, porque pueden disminuir cuando la enfermedad hepática está más avanzada. Conociendo la edad, los resultados de la ALT, la AST y las plaquetas podemos calcular un número llamado FIB-4. No necesitas aprenderte la fórmula ni sacar la calculadora en la mesa del desayuno. Lo importante es entender que ese número nos da una idea de si esa grasa en el hígado comenzó a dañarlo. Y ojo: tener ALT y AST normales no garantiza que todo esté perfecto. El hígado puede ser bastante discreto para quejarse.

Si hay grasa en el hígado y signos de irritación o inflamación podemos hacer una elastografía hepática, un examen parecido a una ecografía, rápido y sin agujas. La máquina mide qué tan “duro” está el hígado. Un hígado sano suele ser blando pero cuando aparecen cicatrices o fibrosis, producto de la inflamación crónica por la grasa, se vuelve más rígido.

Así que si tienes prediabetes, no te quedes mirando únicamente la glucosa. Vale la pena echarle un vistazo al hígado, porque a veces él está engordando en silencio mientras tú todavía estás negociando con el postre.

Hasta el próximo miércoles,
Barcha