DE COMADRES
Mitos que matan

Una de las afirmaciones de comadres, que repite el médico graduado en YouTube y solo falta que la diga el cura en la misa del domingo es: “Yo sé cuándo tengo la presión alta porque lo siento”. Pues tengo malas noticias: el 44% de los adultos no saben que son hipertensos. Es decir, “no tendrían síntomas”. Esto es lo que les digo a mis pacientes con hipertensión arterial que no miden su presión en casa y solo se enteran de cómo anda su presión cuando vienen a consulta. “Pero Barcha, yo me he sentido muy bien”. Precisamente ese es el problema: la hipertensión puede hacer fiesta sin música. No tiene que producir dolor de cabeza, mareo ni palpitaciones mientras golpea las arterias, martilla el corazón, patea el riñón y aumenta tu riesgo de infarto, accidente cerebrovascular, falla cardíaca y enfermedad renal. Por eso, si ya tienes hipertensión, no puedes utilizar el cómo te sientes como tensiómetro. No basta con tomar el medicamento, la presión hay que medirla, porque, por desgracia, la presión arterial todavía no envía un WhatsApp cuando es mayor de 140/90 mmhg.
MENTE Y GLUCOSA
Tu personalidad puede restarte 14 años de vida

Hubo una época de mis estudios en la que me interesaba mucho la psiquiatría. Mis compañeros se burlaban y decían que aquello me serviría para ajustar una que otra tuerca que yo tenía floja. Nunca pude demostrar que estuvieran equivocados… pero aún busco la llave para ajustarlas. En esos años revisábamos los tipos de personalidad y su efecto sobre la conducta; el impulsivo, el dependiente, el bipolar, ese otro complicado. Hoy sabemos que algunas de esas características pueden formar parte de un verdadero trastorno y tener consecuencias que van mucho más allá de la conducta. Un ejemplo es el trastorno límite de la personalidad, TLP, en el que pueden existir dificultad para regular las emociones, miedo intenso al abandono, relaciones inestables, impulsividad, sensación de vacío y episodios de ira. No hablo de aquel amigo que un día se pone furioso porque le sirvieron el café frío o el que un día está muy triste “sin motivo”. Me refiero a conductas con patrones de acción que se repiten durante años y que afectan las relaciones sociales, el trabajo, la vida de pareja y las finanzas personales.
Imagino que te estarás preguntando: “Ajá, Barcha, ¿y cómo debo sospechar si tengo TLP?” Debo advertirte que Google o la IA no deberían graduarte de psiquiatra. Uno busca “cambios de humor” y un minuto después ya tienes tres diagnósticos, dos episodios de infancia bautizados como traumas y estás sospechando que tu pareja tiene esquizofrenia. Sin embargo, puedes comenzar haciéndote algunas preguntas: ¿mis relaciones pasan de la adoración al rechazo?, ¿siento un miedo desproporcionado a que me abandonen?, ¿tomo decisiones impulsivas que después me meten en problemas?, ¿mis emociones cambian con una intensidad que me cuesta controlar?, ¿siento con frecuencia vacío o una ira que después ni yo entiendo de dónde salió? Tener una de estas características no significa que tengas trastorno límite de la personalidad. Porque si una pelea con la pareja, una compra que después lamentaste y un día de mal genio fueran suficientes para diagnosticarlo, habría que abrir consultorios psiquiátricos al lado de cada centro comercial. Pero si varias de estas situaciones se repiten desde hace años y afectan tus relaciones ahí sí vale la pena sentarse con un psicólogo y revisarlo con calma.
Bueno y a qué viene todo esto? A que las personas con TLP presentan reducida la expectativa de vida en más de 14 años. Por qué? Porque tienen más exposición al riesgo físico, tienen mayor activación del sistema de estrés lo que aumenta la frecuencia cardíaca, la presión arterial y el cortisol. En estas personas, el síndrome metabólico aparece con más del doble de frecuencia que en la población general. Y no es casualidad: el estrés sostenido, la inflamación y la acción del cortisol pueden hacer que el cuerpo acumule más grasa alrededor del abdomen y responda peor a la insulina. Además, hasta un 65 % puede presentar trastornos de dolor durante su vida. Así que cuando una persona vive durante años con una regulación emocional alterada, no solo sufre la mente. El corazón, la glucosa y hasta la percepción del dolor pueden terminar metidos en la misma historia.
INFECCION Y DEMENCIA
Sífilis de joven … demencia de adulto mayor

“Prueba de Sífilis a los 75 años?” Esa pregunta aparece con frecuencia cuando estudio a una persona que comienza con olvidos, cambios de conducta o sospecha de demencia. Y mi respuesta suele ser: tranquilo, esto no es una investigación sobre tu juventud ni sobre lo que pasó en Cartagena en 1974. Es que el bicho que produce la sífilis puede permanecer muchos años en el organismo y, en algunos casos, afectar el cerebro (neurosífilis). Cuando eso ocurre puede producir problemas de memoria, cambios de personalidad, dificultades para caminar, alteraciones de la visión y otros síntomas que pueden confundirse con una enfermedad neurodegenerativa.
Por eso, cuando investigamos algún deterioro cognitivo, no buscamos únicamente Alzheimer, también buscamos causas que podemos tratar. Una prueba de sífilis forma parte de esa investigación, así como los niveles de la vitamina B12, la función tiroidea y el hierro, entre otras. La buena noticia es que la neurosífilis tiene tratamiento con antibióticos. Así que si a los 70 años te pido esa prueba, no estoy juzgando tu pasado sexual, estoy intentando asegurarme de que no llamemos “demencia” a algo que todavía podemos tratar.
DUELO EN EL METABOLISMO
Perdió 3 kilos en un año… pero no eran de peso

Al final de la semana vi en consulta a uno de mis pacientes más queridos. Es oficial retirado, amante del café y tiene la buena costumbre de escoger la última cita del día. Eso hace que cuando terminamos de hablar de presión, glucosa y colesterol, empiece la verdadera consulta: historias militares y café. Él recuerda sus años de servicio y yo saco del archivo mis épocas de cadete en la Escuela Militar, incluyendo algunas maldades juveniles que todavía conviene mantener bajo reserva. Entre café, risas y recuerdos lo encontré muy bien: exámenes excelentes, buen estado general y nada que pareciera preocuparme. Hasta que le puse el dinamómetro en la mano derecha. Había perdido 3 kilos de fuerza en apenas un año. Y ahí se acabó la tertulia: porque mientras sus análisis de laboratorio decían “todo en orden”, su músculo estaba levantando la mano para avisar que algo comenzaba a cambiar.
Entonces hice otra investigación, esta vez sin inteligencia militar, revisé qué estaba comiendo. Y apareció el sospechoso. Al calcular sus necesidades proteicas, de los 110 gramos le faltaban cerca de 50 gramos de proteína cada día. Eso es mucho. Con los años el músculo se vuelve un empleado veterano: para convencerlo de fabricar nueva proteína hay que insistirle un poco más. Es lo que llamamos resistencia anabólica. Si llegan pocos aminoácidos desde la comida, el organismo tiene menos material para reparar y conservar músculo. Poco a poco disminuye la masa muscular, pero como en su caso muchas veces lo primero que se pierde es la fuerza.
¿Y qué importa perder tres kilos de fuerza si todavía puede abrir el frasco del café y montar en bicicleta? Mucho. El músculo es la reserva estratégica de la vejez. Es lo que ayuda a evitar una caída y recuperarse rápido después de una infección, una cirugía o unos días en cama. Cuando esa reserva disminuye, una enfermedad pequeña puede convertirse en una invasión enemiga. Ajustamos la proteína diaria y añadimos trabajo de fuerza, porque ambas cosas funcionan mejor juntas. Le sugerí incorporar 2 huevos con una ración de queso al desayuno y en las tardes acompañar la cena con un batido de proteínas de 25 gramos.
Hasta el próximo martes,
Barcha


