de costumbres
.. la aspirineta

Recién me gradué (1990) la aspirina de 100 mg era como el café de la mañana: casi todo el mundo la tenía en su rutina. Uno abría la historia clínica y parecía receta en serie: hipertenso… aspirina. Colesterol alto… aspirina. Vecino con cara sospechosa… aspirina por si acaso. Era como esas personas que llevan paraguas aunque no haya nube en el cielo. “Por prevención, doctor”. Y claro, uno también la indicaba con ese aire de tranquilidad: “esto le protege el corazoncito”.
Pero la ciencia, que a veces es como ese amigo incómodo que llega a decir verdades, empezó a mostrar otra cara de la moneda. Resulta que no todo lo que brilla es prevención. Empezaron a aparecer datos serios: sangrados gastrointestinales, hemorragias intracraneales… y uno ahí, repartiendo aspirina como si fueran confites en fiesta infantil. En 2009, el Antithrombotic Trialists’ Collaboration ya insinuaba que en prevención primaria (pacientes que no habían tenido un evento cardiovascular trombótico) el beneficio era modesto y el sangrado no era un invitado menor. Pero el verdadero “jalón de orejas” llegó en 2018, con tres estudios que fueron como ese café bien cargado que lo despierta a uno: ASCEND trial, ARRIVE trial y ASPREE trial. En conjunto, mostraron algo incómodo: sí, la aspirina reduce algunos eventos cardiovasculares… pero al costo de aumentar sangrados mayores, y en algunos grupos, sin beneficio neto claro.
En 2019, las guías del American College of Cardiology y la American Heart Association dijeron: “momento… esto no es para todo el mundo”. Recomendaron limitar su uso en prevención primaria solo a adultos muy seleccionados (40–70 años con alto riesgo cardiovascular y bajo riesgo de sangrado). Y luego, en 2022, la U.S. Preventive Services Task Force fue aún más clara: en mayores de 60 años, mejor ni empezar aspirina para prevención primaria. Es decir, pasamos de “tómela por si acaso” a “piénselo dos veces… y con calculadora en mano”.
¿Y entonces quién sí? Aquí la aspirina sigue siendo reina absoluta: prevención secundaria (pacientes con infarto previo, accidente cerebrovascular o enfermedad coronaria documentada)… ahí no hay discusión. Pero en el resto, ya no se trata de repartir pastillas como volantes en campaña política. Se trata de individualizar, calcular riesgo cardiovascular, valorar sangrado y tomar decisiones con cabeza fría. Porque la medicina moderna dejó de ser de “café para todos”… ahora es más bien un espresso personalizado.
¿Por qué escribo esto? Por un paciente mío que decidió tomar aspirina de 100 mg “por prevención”. 69 años, hipertenso, sin antecedentes de eventos aterotrombóticos, sin placas arteriales en riesgo. Y hace 2 meses presentó un sangrado cerebral. Ahí es donde los números dejan de ser estadística y se vuelven nombre propio: por cada 1.000 personas que toman aspirina en prevención primaria durante unos 5 años, se pueden evitar aproximadamente 4 a 6 eventos cardiovasculares… pero al mismo tiempo aparecen entre 3 a 4 sangrados gastrointestinales mayores y cerca de 1 sangrado intracraneal. Es decir, estamos jugando un partido donde el marcador no es tan cómodo como creíamos… y donde, a veces, el gol en contra llega primero.
de la vida
Medicamento o sonrisas?

Te ha pasado que hay días en los que no sabes si te duele la rodilla… o la vida?. Yo veo al paciente que se sienta despacio (como si estuviera negociando con la silla) y me dice: “Barcha, hoy amanecí todo adolorido”. Y uno empieza a sospechar: ¿será la artrosis… o ese problema con el jefe, la nuera o el vecino que pone vallenato a las 6 a.m.? Porque el cuerpo tiene una habilidad fascinante: cuando el ánimo baja, parece que las articulaciones reciben el memorando: “hoy tampoco colaboramos”. Es como si hubiera un sindicato interno donde el estrés es el presidente.
Y no es solo teoría personal, hay ciencia detrás. El estrés, la ansiedad y los estados de ánimo bajos aumentan sustancias inflamatorias, alteran la percepción del dolor y vuelven al sistema nervioso más “susceptible”… como ese amigo que se ofende por todo. Es decir, el dolor no siempre es más daño… a veces es más sensibilidad. Por eso hay pacientes que en vacaciones mejoran sin cambiar una sola pastilla. Cambian de paisaje, se ríen más, duermen mejor… y mágicamente la rodilla deja de sonar como puerta vieja de finca. El cartílago no se regeneró en 5 días… pero el cerebro sí bajó el volumen del dolor.
Así que la próxima vez que te duelan las articulaciones, hazte una pregunta incómoda pero útil: ¿esto viene del cuerpo… o del alma que está pasando factura? Porque a veces uno no necesita solo antiinflamatorios… sino vacaciones, una buena conversación o dejar de pelear con el mundo por todo. En medicina, como en la vida, hay dolores que no se quitan con pastillas… pero sí con un poco de paz (y, si se puede, con menos noticias y más carcajadas).
💬 guerra vs conversaciones
.. cosas del consultorio

Hay un momento en la consulta que muchos pacientes viven con más tensión que una final de fútbol: ese instante en el que piensan “yo vi en internet que debería hacerme otros exámenes… pero ¿cómo se lo digo al doctor sin que crea que lo estoy retando a duelo?” Porque seamos honestos, nadie quiere salir del consultorio con diagnóstico de hipertensión… y enemistad médica crónica. Entonces el paciente entra en modo diplomático: carraspea, mira el techo, y lanza un tímido “doctor… una preguntica…” como quien pide permiso para invadir un país.
Pero la verdad es esta: la mayoría de los médicos no nos molestamos cuando un paciente pregunta bien. Lo que incomoda no es la pregunta… es el tono tipo “doctor, en TikTok dijeron que usted está equivocado”. Ahí sí, el consultorio se convierte en campo minado. En cambio, cuando el paciente dice: “Barcha, he leído sobre exámenes como proteína C reactiva, lipoproteína(a) o apolipoproteína B… ¿tú crees que en mi caso valdría la pena revisarlos?”, ocurre algo mágico: el médico deja de sentirse cuestionado… y pasa a sentirse acompañado. Es como cambiar de “usted vs yo” a “trabajemos juntos en este cuerpo que nos tocó administrar”.
Y aquí viene el secreto: al buen médico le encanta un paciente curioso, pero con curiosidad técnica bien informada. No es lo mismo decirle “doctor, la comadre dice que la cucharada de vinagre antes del almuerzo tiene el mismo efecto que la metformina que me formulas”, a preguntarle: “y, qué opinas del vinagre de manzana, tiene la misma evidencia que la metformina?” Porque eso mejora decisiones, afina diagnósticos y, sobre todo, estimula una conversación relajada. Así que no tengas miedo de preguntar… pero hazlo con elegancia clínica.
Hasta el próximo miércoles,
Barcha


