🌴 Notas del fin de semana

Hola, soy Barcha.
Este sábado escribo sobre cuatro temas

  • La pirámide nutricional de EU-2026: es la cocina de mamá de los 70s!.

  • Infartos y ACV: son más frecuentes en las mañanas.

  • Quiero bailar: mis razones para ingresar a clases de baile.

  • Por qué tu barriga se opone?: haces todo bien, pero ella no cede la grasa.

De las noticias
La pirámide nutricional de EU-2026

Si mi mamá viviera, leería las nuevas recomendaciones nutricionales de EU y diría, con esa mezcla de sabiduría y resignación materna: “¿Ven? Eso que yo les servía en la mesa era lo que había que comer… y ustedes pidiendo cereales en caja y pizza”. Porque hoy, después de décadas de pirámides mal dibujadas, conteos obsesivos de calorías y una cruzada mundial contra la grasa, los mismos “dueños” de las guías alimentarias acaban de admitir —con bombos, platillos y congresos— que el verdadero problema nunca fue la mantequilla, ni el huevo, ni el arroz de todos los días. El problema era, y sigue siendo, la comida que no parece comida. El “nuevo” enemigo tiene nombre y apellido: ultraprocesado, ese invento que no crece, no nada y no puede pronunciar su lista de ingredientes sin pedir agua.

Esos mismos “dueños”, curiosamente siempre sentados muy cerca de la industria y muy lejos de la cocina, nos repitieron durante años que llenáramos el plato de granos refinados, que le tuviéramos terror a la grasa y que cambiáramos la mantequilla —una grasa natural con historia— por margarina, ese experimento industrial pintado de amarillo para que pareciera inofensivo. Y ahora publican rimbombantemente la famosa lista negra que los médicos llevamos décadas señalando sin tanto show: cereales de caja disfrazados de desayuno saludable, jugos procesados que no han visto una fruta, lácteos descremados a los que les sacaron todo y luego les pusieron etiquetas, aceites de semillas salidos del laboratorio, bebidas energéticas diseñadas para despertar hasta a un muerto y toda esa familia de productos creados para parecer comida.

En la cocina de mi mamá, en Santa Marta en los años 70, nada de eso existía. No había jugos que duraran seis meses, ni cereales que crujieran como icopor, ni margarinas con textura de plástico blando. Había arroz, carne, huevo, fríjoles, plátano, pescado cuando el mar estaba de buenas y mantequilla sin apellido. Nadie hablaba de inflamación ni de picos de insulina, pero nadie desayunaba un postre creyendo que estaba cuidando la salud.

Y lo peor de todas estas guías modernas no es lo que dicen, sino para quiénes no están pensadas. Porque hablar de pescado fresco, carne frecuente, frutos secos y aceites saludables suena maravilloso… hasta que uno recuerda que para millones de personas comer no es una decisión nutricional sino una ecuación de supervivencia. Estas recomendaciones asumen nevera, mercado surtido y dinero para elegir.

Para la gente pobre del mundo, la pregunta no es qué es más sano, sino qué alcanza sin que falte mañana. Y ahí, ninguna pirámide ni lista negra sirve si no cabe en la olla… ni en el bolsillo.

De la nevera
Un vaso de agua no se niega

Uno se despierta en la mañana creyendo que el mayor riesgo del día es llegar tarde o que no haya café… pero el cuerpo piensa distinto. Desde hace décadas sabemos que los infartos y los accidentes cerebrovasculares ocurren con más frecuencia en las primeras horas de la mañana, especialmente entre las 6 y las 10 a. m. No es casualidad ni mala suerte: es fisiología madrugadora. Al despertar, el sistema nervioso simpático se activa como si sonara una alarma interna, sube la presión arterial, aumenta la frecuencia cardíaca y la sangre se vuelve más “espesa”. Es como si el corazón arrancara el día en subida, sin calentamiento previo.

Y ahí entra en escena un detalle: amanecemos deshidratados. Durante la noche perdemos entre 400 y 800 ml de agua respirando y sudando, sin reponer nada durante horas. Eso es el equivalente a tres vasos de agua!

Ese déficit reduce el volumen plasmático, aumenta la viscosidad de la sangre y favorece una mayor agregación plaquetaria. Traducido a lenguaje cotidiano: la sangre amanece más concentrada, circula con más dificultad y el corazón tiene que empujar más fuerte. En personas con hipertensión, diabetes, enfermedad renal, aterosclerosis o edad avanzada, ese esfuerzo extra no es trivial: es el terreno perfecto para que ocurra el evento cardiovascular o cerebrovascular justo cuando el día empieza.

Por eso, tomar ese vaso de agua al despertar no es un ritual esotérico ni una moda saludable de redes sociales: es una decisión cardiocerebralmente inteligente. No evita todos los infartos, no reemplaza medicamentos ni hábitos, pero le quita una carga innecesaria al corazón y al cerebro en el momento más vulnerable del día.

Antes del café, antes del estrés y antes de poner al sistema cardiovascular a correr, un vaso de agua es una forma simple de decirle al cuerpo: tranquilo, todavía es temprano.

De 80s
🔥 Ahora sí, quiero baile

Confieso algo que mi familia y amigos saben desde hace décadas: siempre fui un tronco para bailar. En las fiestas, mientras otros se lucían en la pista, lo mío era otra cosa: las bromas, la charla, el chiste bien puesto y, cuando se podía, el papel de “médico de guardia” para el que se pasaba de tragos.

Bailar no era mi talento natural; yo era más bien decoración humana con sentido del humor. Pero los años pasan, el cuerpo cambia y, curiosamente, ahora me ha entrado una motivación tardía: quiero bailar… eso sí, a mi manera, con movimientos ochenteros, estilo Fiebre de sábado por la noche o imitar a Michael Jackson, en sus movimientos de Moonwalk en Billie Jean, nada de acrobacias modernas que requieran rodillas nuevas y garantía extendida.

Y resulta que la ciencia, por una vez, está completamente de mi lado. Estudios serios muestran que bailar después de los 50 años mejora el equilibrio, la coordinación y reduce el riesgo de caídas, algo nada menor cuando el cuerpo ya no corrige los tropiezos con la arrogancia de los 20. El baile obliga al cerebro a coordinar ritmo, postura, cambios de dirección y anticipación del movimiento; es decir, entrena justo lo que se pierde con la edad: la integración entre músculos, sistema nervioso y reflejos. Traducido a lenguaje cotidiano: bailar le enseña al cuerpo a no irse de jeta cuando el piso conspira.

Así que sí, ahora quiero bailar. No para ser viral, sino para no caerme; no para impresionar, sino para entrenar el equilibrio con música de fondo. Porque además, y esto es clave, el baile tiene una ventaja enorme frente a otros ejercicios: no se siente como ejercicio. Es divertido, social, activa la memoria, mejora el ánimo y de paso fortalece piernas y tobillos. De modo que si me ves moviéndome como en los años 80, no es nostalgia pura: es prevención de caídas con banda sonora. Y si me equivoco de paso… al menos ya no soy un tronco quieto, sino un tronco en movimiento, que es médicamente mucho mejor.

📚 Bibliografía

  • Rodrigues-Krause J. et al. Effects of dance interventions on balance, gait and falls in older adults: a systematic review and meta-analysis. Sports Medicine.

  • Frontiers in Public Health (2024). Dance-based physical activity and balance improvement in middle-aged and older adults.

  • Merom D. et al. Can social dancing prevent falls in older adults? Journal of Aging and Physical Activity.

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