Factores de riesgo para el PARKINSON?
Bacterias intestinales viajando al cerebro

Uno cree que el intestino es simplemente una tubería elegante: entra el desayuno, se absorben nutrientes, se produce uno que otro gas inoportuno y seguimos la vida. Pero la ciencia insiste en dañarnos esa simplicidad. Un estudio publicado en marzo de 2026 en PLOS Biology, titulado “Translocation of bacteria from the gut to the brain in mice”, mostró en ratones que una dieta alta en grasa de tipo aterogénico, conocida como dieta Paigen, alteró la microbiota intestinal, aumentó la permeabilidad del intestino y permitió que pequeñas cantidades de bacterias se trasladaran desde el intestino hasta el cerebro. Lo más llamativo es que esas bacterias no aparecieron en la sangre ni en otros órganos, sino que fueron detectadas en el nervio vago, esa gran autopista que comunica el intestino con el cerebro. Dicho en lenguaje de consultorio: algunas bacterias no tomaron el bus sanguíneo, parece que se fueron por la vía directa y privada del nervio vago.

Los investigadores hicieron varias maniobras para comprobar que el fenómeno no era una casualidad ni contaminación del laboratorio. Modificaron previamente la microbiota (las bacterias que habitan el intestino) con antibióticos y administraron una bacteria específica llamada Enterobacter cloacae. Encontraron que, en condiciones de una dieta alta en grasa, esa bacteria podía luego detectarse en el cerebro. Además, cuando realizaron una vagotomía cervical derecha, es decir, cortaron parcialmente esa ruta del nervio vago, disminuyó la carga bacteriana cerebral. Traducido al idioma de los mortales: cuando cerraron parte de la carretera, llegaron menos pasajeros al destino. Y hay otro dato muy interesante: cuando los ratones volvieron a una dieta estándar, la presencia de bacterias en el cerebro disminuyó, lo que sugiere que este fenómeno, al menos en ese modelo animal, podría ser reversible. Los autores también observaron esas alteraciones en la barrera intestinal en los ratones modificados genéticamente para replicar las características de la enfermedad de Alzheimer y Parkinson, pero todavía sin poder afirmar lo mismo en humanos.

¿Y qué posibilidades abre esto en humanos? Aquí hay que caminar con entusiasmo, pero sin ponerse la bata de gurú. Este estudio no demuestra que las bacterias intestinales causen Alzheimer, Parkinson, autismo o deterioro cognitivo en las personas. Fue realizado en ratones. Pero sí plantea una hipótesis fascinante: que en humanos con disbiosis intestinal, inflamación crónica, dietas muy pobres, obesidad, resistencia a la insulina o alteraciones de la barrera intestinal, podría existir una comunicación más directa entre intestino y cerebro de la que imaginábamos. En el futuro, esto podría llevar a investigar si ciertos marcadores en heces, sangre, saliva o microbiota ayudan a identificar riesgo neurológico temprano, o si mejorar la salud intestinal podría ser parte de la prevención cerebral.

No vamos a decir que un yogur cura el Parkinson, una imprudencia con sabor a influencer desesperado, pero sí para recordar algo mucho más sensato: cuidar el intestino quizá no sea solo cuidar la digestión, puede ser también cuidar una frontera metabólica, inmunológica y posiblemente neurológica. En otras palabras: trata bien a tus bacterias intestinales, porque algunas podrían tener más contactos en la junta directiva del cerebro de lo que pensábamos.

Referencia para curiosos: Thapa M, Kumari A, Chin C-Y, Choby JE, Akbari E, Bogati B, et al. Translocation of bacteria from the gut to the brain in mice. PLOS Biology. 2026;24(3):e3003652. DOI: 10.1371/journal.pbio.3003652

de chicas
El amor entre chicas también tiene riesgos

Esta semana atendí a una paciente de 20 años, hija de una familia a la que quiero muchísmo, y me contó que estaba comenzando una relación con otra chica. La conversación fue bonita porque cuando una persona joven te habla con confianza sobre su vida afectiva, uno debe ser algo así como “padre-médico”: me siento, escucho, oriento y cuido. Y ahí aparece una educación que casi nunca damos bien: las mujeres que tienen relaciones con mujeres también pueden adquirir infecciones de transmisión sexual. No porque “sea más peligroso”, sino porque donde hay contacto íntimo con mucosas, secreciones vaginales, sangre menstrual, sexo oral, dedos, juguetes sexuales compartidos o lesiones en piel y mucosas, puede haber transmisión. Los virus y bacterias no revisan la orientación sexual antes de entrar, no preguntan “¿usted cómo se identifica?”, no tienen departamento de diversidad. Ven una mucosa, ven secreción, ven contacto, y dicen: “por aquí es”. Siempre debemos recordar que en mujeres que tienen sexo con mujeres puede haber transmisión del VPH (virus del papiloma humano), herpes, tricomoniasis, vaginosis bacteriana, sífilis, clamidia, gonorrea y hepatitis B y C.

Entonces, ¿qué puede pedirle una mujer a su pareja antes de iniciar o profundizar una relación sexual? Primero, una conversación franca, sin convertir la cita en interrogatorio de aeropuerto: “¿te has hecho pruebas recientes?, ¿cuándo fue la última vez?, ¿has tenido lesiones, verrugas, ampollas, úlceras, flujo anormal, dolor pélvico o sangrado después de relaciones?, ¿tienes vacuna contra VPH y hepatitis B?, ¿has tenido parejas previas de cualquier sexo?”. Idealmente, si están comenzando una relación y quieren cuidarse, pueden hacerse un paquete básico de salud sexual: VIH, sífilis con prueba serológica, hepatitis B y según antecedentes también hepatitis C; además, pruebas de clamidia y gonorrea en los sitios que correspondan según la práctica sexual: vaginal, oral o rectal. En mujeres sexualmente activas menores de 25 años, recomendamos tamizaje anual de clamidia y gonorrea y en mujeres de 25 años o más, si hay factores de riesgo, nuevas parejas o múltiples parejas, también se recomienda evaluar. Y algo clave: “me veo sana” no es certificado médico. Muchas infecciones pueden no dar síntomas. La tranquilidad no viene de mirar la cara de la pareja con ternura, sino de hablar, vacunarse, hacerse pruebas y cuidarse.

¿Y cómo se reduce el riesgo en la práctica? No compartiendo juguetes sexuales sin limpiarlos bien y, mejor aún, usando condón nuevo en el juguete cada vez que cambia de persona o de zona del cuerpo. Para sexo oral sobre vulva o ano se pueden usar barreras de látex o poliuretano tipo dental dam preservativo; para penetración con dedos, especialmente si hay heridas, menstruación o contacto con mucosas, pueden usarse guantes o dediles. Si hay ampollas, úlceras, verrugas, dolor, flujo con mal olor, sangrado no explicado o lesiones en boca o genitales, ese día no se improvisa “a ver qué pasa”, porque “a ver qué pasa” es una estrategia muy mala en salud sexual. Se llama al médico.

También hay que recordar que las vacunas contra VPH y hepatitis B son parte del autocuidado, no un detalle decorativo. La idea no es matar el romance con una lista de laboratorio sino reducir el riesgo de que el romance no venga con souvenir infeccioso. Cuidarse no enfría la relación: la vuelve más adulta, más honesta y más segura. Y en salud sexual, hablar antes suele evitar muchas lágrimas después.

vergüenza profesional
Cuando escuchar también es medicina

Este es un artículo que lo escribo para mí, para que no olvide algo que los profesores, hace 35 años nos recordaban: en la narración del paciente está la clave del diagnóstico.

Hay una escena que se repite más de lo que quisiéramos en la consulta médica: el paciente entra, se sienta, empieza a contar lo que le pasa y el médico, con la velocidad de un cajero de banco un viernes a las 5 de la tarde, lo interrumpe antes de que la historia haya despegado. El problema es que muchas veces el diagnóstico no está escondido en una resonancia, ni en una prueba de laboratorio clínico, ni en un examen con nombre de robot japonés. A veces está en la primera frase del paciente. En esa frase donde dice: “Doctor, esto empezó después de…”, “me pasa solo cuando…”, “yo antes no era así…”. Y si uno la corta demasiado pronto, puede terminar buscando la llave debajo del poste de luz, no porque ahí se haya perdido, sino porque ahí hay más iluminación.

La literatura sobre comunicación médica ha mostrado un dato que me de vergüenza profesional: los médicos interrumpimos muy pronto. En un estudio clásico publicado en JAMA, los pacientes completaron su exposición inicial en apenas el 28% de las consultas, y cuando se les permitía hablar el tiempo adicional era pequeño. Estudios posteriores también han mostrado que muchos pacientes pueden completar su monólogo inicial en menos de 30 segundos en atención primaria, y que algunas investigaciones han encontrado interrupciones médicas alrededor de los 11 segundos. Once segundos. Eso no es escuchar, eso es darle al paciente una muestra gratis de conversación.

Pero escuchar no significa quedarse en silencio mirando al paciente como búho filosófico. Después de dejarlo hablar, viene el arte de ordenar la historia: inicio, duración, localización, desencadenantes, síntomas asociados, evolución, tratamientos previos y, por supuesto, las famosas banderas rojas. Pérdida de peso inexplicada, fiebre persistente, sudoración nocturna, dolor progresivo, síntomas neurológicos, cambios bruscos del estado general. Esas señales no siempre las cuenta el paciente espontáneamente porque para él pueden parecer “bobadas”, y para el médico pueden ser la pista que evita un diagnóstico tardío. En medicina, una buena pregunta puede ahorrar una mala sorpresa.

Y hay otro enemigo moderno: la pantalla. El computador es útil, claro, pero a veces parece que los médicos estuvieramos en una cita romántica con la historia clínica electrónica y el paciente fuera el acompañante incómodo. Mirar al paciente, resumir lo que dijo y cerrar con una frase como “déjame ver si entendí bien” no es un adorno de cortesía; es una técnica clínica. Permite corregir errores, detectar omisiones y darle al paciente la sensación de que no fue atendido por una impresora con estetoscopio. Al final, la buena medicina no empieza con “mande exámenes”; empieza con “cuéntame bien qué te pasó”.

Referencia para curiosos:
Marvel MK, Epstein RM, Flowers K, Beckman HB. Soliciting the patient’s agenda: Have we improved? JAMA. 1999;281(3):283-287. También: Rabinowitz I, Luzzatti R, Tamir A, Reis S. Length of patient’s monologue, rate of completion, and relation to other components of the clinical encounter. BMJ. 2004.

del laboratorio
La PCR ultrasensible

Ernesto, de 60 años, llegó a consulta con esa frase que uno escucha todos los días: “Barcha, yo creo que esto no es diabetes, debe ser algo más”. Tenía razón… pero solo en parte. Su glucosa en ayunas estaba en rango de prediabetes, no de diabetes; su presión arterial estaba bien controlada con tratamiento, y el colesterol LDL, aunque “un poquito alto”, no parecía escandaloso. El problema era que cuando mirábamos el cuadro completo —edad, abdomen, hipertensión, colesterol y prediabetes— ya no estábamos viendo un examen aislado, sino un terreno inflamado donde el corazón podía estar pagando la cuenta en silencio. La prediabetes no es una “diabetes chiquita”: aumenta el riesgo de diabetes tipo 2, enfermedad cardíaca y accidente cerebrovascular.

Lo que más llamó la atención fue una PCR US (Proteína C Reactiva Ultra Sensible) muy elevada. Y aquí viene lo interesante: la PCR ultrasensible no mide el azúcar, ni el colesterol, ni la presión; mide inflamación de bajo grado, esa especie de “humo” que a veces aparece antes de que veamos el incendio. Según criterios usados por AHA (asociación americana del corazón), una PCR-us menor de 1 mg/L se considera de bajo riesgo cardiovascular, entre 1 y 3 mg/L de riesgo intermedio, y mayor de 3 mg/L de mayor riesgo; si sale muy alta, especialmente por encima de 10 mg/L, hay que repetirla y buscar infecciones, enfermedades inflamatorias u otras causas antes de interpretarla como riesgo cardiovascular puro.

Entonces, el “algo más” de Ernesto sí existía: no era una enfermedad misteriosa, sino una suma peligrosa de señales pequeñas. Prediabetes, hipertensión controlada, colesterol no tan alto y PCR-us elevada pueden parecer piezas sueltas, pero juntas cuentan una historia: resistencia a la insulina, inflamación, vasos sanguíneos más vulnerables y más riesgo cardiometabólico.

Por eso, en estos pacientes no basta con decir “todavía no es diabetes”; hay que actuar antes: revisar cintura, sueño, alimentación, fuerza muscular, actividad física, triglicéridos, HDL, hígado graso, riesgo cardiovascular global y, por supuesto, repetir o ampliar estudios cuando la PCR-us está muy elevada. Porque muchas veces la mejor medicina no empieza cuando aparece la diabetes, sino cuando todavía estamos a tiempo de evitarla.

Hasta el próximo sábado,
Barcha

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