de resultados en los exámenes
.. como un lulo

Ignacio entró con esa tranquilidad de “mis resultados son excelentes”… y con obsequio de un par de buñuelos en la mano (que yo no debería comer… pero bueno, esa es otra hostoria).
—“Barcha, yo estoy perfecto, solo vengo a mostrarte lo bien que ando con mis exámenes”.
Y claro… empezamos a revisar: glucosa en 99 mg/dL (normal, pero rozando la puerta de la prediabetes), hemoglobina glicosilada en 5,8% (ya tocando la campana de llegada a prediabetes), colesterol total en 200 (aceptable, aunque en el límite), presión arterial 125/78 (normal tirando a alta), no fuma, hace ejercicio… mejor dicho, este paciente podría salir en una revista de “vida saludable edición dominical”.
Pero en medicina hay algo que no perdona… los detalles.
Seguimos: triglicéridos en 180 mg/dL (altos) y colesterol HDL en 30 mg/dL (muy bajo). Por separado, muchos dirían: “bueno… tampoco es tan grave”. Pero cuando uno hace lo que a veces olvidamos (dividir triglicéridos entre colesterol HDL) aparece un número que ya no es tan simpático. Y ahí el paciente dejó de ser “el que está perfecto” para convertirse en “el que está teniendo un problema sin sentirlo”.
Porque esa relación elevada (en este caso alrededor de 6) no es un número cualquiera… es una señal de resistencia a la insulina, de partículas de colesterol más pequeñas y más agresivas, de esas que se meten en la pared de las arterias como ladrones silenciosos. Es el tipo de perfil que no hace ruido hoy… pero que va formando placas, estrechando arterias y preparando el terreno para un infarto o un evento cerebrovascular en el futuro.
No faltaba otro examen… faltaba entender el examen correcto.
de resultados en los exámenes
“mal” pero ... mejor
Esa misma mañana, después de Ignacio, entró Martica, 62 años.
Sin buñuelos… pero con cara de malas noticias.
—“Doctor, creo que estoy muy mal… mire mis exámenes”.
Y claro… empezamos: colesterol total en 240 mg/dL (alto), colesterol LDL (el muy malo) en 160 mg/dl (alto)… aquí cualquiera ya está viendo desfilar frente a sus ojos todas las empanadas que se ha comido… como en película de despedida. Pero seguimos mirando: triglicéridos en 90 (normales), colesterol HDL en 65 (excelente), presión arterial 118/72 (perfecta), glucosa en 88 (normal), hemoglobina glicosilada en 5,4% (muy bien)… y cuando hicimos la famosa relación triglicéridos/HDL… apareció un número cercano a 1.
Y ahí es donde la medicina deja de ser una lista de números… y se vuelve una historia que hay que saber leer.
Porque Marta, a pesar de tener cifras que “asustan” en el papel, tenía un perfil metabólico mucho más estable, menos inflamatorio y con menor tendencia a formar esas partículas pequeñas y densas que sí se meten en las arterias. Su riesgo no desaparece (le dije..ojo con ese LDL, lo controlaremos nuevamente en 12 semanas, después de algunos cambiamos que le sugerí), pero Martica no estaba en ese camino silencioso y acelerado hacia la resistencia a la insulina que sí vimos en Ignacio.
Esto es como juzgar un restaurante solo por la fachada.
Ignacio tenía la puerta bonita… pero la cocina en desorden.
Marta tenía la fachada un poco descuidada… pero la cocina funcionando mejor.
Por eso, en medicina, no se trata de ver un número… se trata de entender la historia completa.
💬 recuerdos
.. cosas de la preadolescencia

El otro día estaba buscando un documento que no aparecía… de esos que uno jura haber visto alguna vez “aquí mismito”.
Y en esas búsquedas arqueológicas que uno hace en cajones viejos en la casa paterna, me encontré con unas fotos de mi época escolar… 13 años, desarreglado, pelo, mucho pelo (uffff… que bien se recuerda eso..), y una cosa que me llamó la atención: todos en las foto éramos “peso normal”. No uno… no dos… todos. Era como si el sobrepeso hubiera faltado a clase ese día… y al siguiente… y al siguiente.
Y claro, uno empieza a comparar… porque la memoria es traicionera, pero la foto no miente.
Hoy vemos adolescentes donde el sobrepeso y la obesidad ya no son la excepción, sino parte del paisaje. Y no es percepción de viejo nostálgico: en los años 60 la obesidad en adolescentes rondaba apenas el 4–5%, mientras que hoy supera el 20% en muchos países . Es decir… en un salón de 30 estudiantes, antes había uno con sobrepeso… hoy pueden ser seis o más. El cambio no es pequeño… es un cambio de época.
Y ahí fue donde cerré la carpeta… pero me quedé pensando.
Porque esos cuerpos más delgados no eran producto de una dieta keto, ni de ayunos intermitentes, ni de contar calorías en una app… eran el resultado de una vida que nos obligaba a movernos más. Con mis amigos del barrio jugábamos fútbol con bola de trapo en la calle… y corríamos cuando llegaba la policía a desalojarnos y a quitarnos la bola; nadábamos mucho en el mar, montábamos bicicleta sin saber cuántas calorías estábamos quemando… y en la casa no demoraba sentado más de 1 hora frente al TV porque siempre había un amigo que llegaba a invitarnos a “hacer cualquier cosa” en el vecindario, osas que implicaban movimiento, correr, reír y baños de sol.
Hoy tenemos más tecnología, más comodidad… pero también más grasa acumulada desde temprano. Y lo preocupante no es la estética… es que ese adolescente de hoy tiene más probabilidades de convertirse en un adulto con diabetes, hipertensión y enfermedad cardiovascular.
Antes no sabíamos lo que era el metabolismo… pero lo estábamos cuidando sin darnos cuenta. Hoy lo entendemos mejor… pero lo estamos descuidando más de la cuenta.
Hasta el próximo sábado,
Barcha


