No quiero “químicos”

Ayer mi último paciente del día me dejó preocupado. Él había hecho todo “bien”: cambió la alimentación, caminaba juicioso, bajó algo de peso… pero la presión arterial seguía elevada. Por su edad y por otros antecedentes de riesgo, insistir solo con buena voluntad ya no era opción. Le propuse tomar un medicamento y apareció la resistencia clásica: “Doctor, ¿no habrá otra forma?, ¿no puedo intentarlo un poco más sin pastillas?” El riesgo no era teórico: una presión mal controlada a esa edad no avisa, golpea y te noquea. Salí del consultorio pensando en eso… y durante mi caminata de tarde-noche, me asaltó una idea absurda pero reveladora: ¿qué pasaría si mi paciente y yo cayéramos en un agujero de gusano rumbo al año 1400?
En esa época, el médico más influyente —aunque ya llevaba 3 siglos muerto— seguía siendo Avicena. Su Canon de la Medicina mandaba. Era el Google de entonces. ¿Hipertensión? No existía. Nadie medía la presión, nadie hablaba de riesgo cardiovascular. Si mi paciente tenía dolor de cabeza o mareo, el tratamiento estrella sería una sangría (quitarle sangre… a alguien ya en problemas), purgantes, hierbas misteriosas y rezos premium. El objetivo no era bajar la presión, sino “equilibrar los humores”. Y, sí, muchos pacientes se iban equilibrados… pero al barrio de Avicena.
Lo irónico es que hoy tenemos tensiómetros, estudios basados en ciencia sólida y medicamentos seguros y eficaces, pero aun así intentamos enfrentar enfermedades del siglo XXI con una mentalidad del siglo XV: todo menos pastillas, incluso cuando el riesgo ya no es una amenaza abstracta, sino alguien sentado en la sala de espera, con número en mano, listo para levantarse detrás de ti y acompañarte a donde vayas.
No es que Avicena fuera malo; es que no tenía opciones. Nosotros sí. Comer mejor y moverse más es la base, pero cuando las arterias ya pasaron los 60, la medicina moderna no es valentía ni terquedad: es usar todas las herramientas antes de que el agujero de gusano cardiometabólico te lleve y no regreses.
Los hipertensos de Yalta
Yo aproveché ese bus del agujero de gusano y le pido que me lleve a en Yalta, 1945. Hace frío, hay mapas sobre la mesa, puros encendidos… y un festival de hipertensión silenciosa con glucosa elevada de fondo. Franklin D. Roosevelt llega con cifras documentadas que hoy harían sonar todas las alarmas: presiones cercanas a 260–300/150–190 mmHg meses antes de la conferencia. Nadie se inmuta. Winston Churchill se mueve cómodo en rangos de 160–170 mmHg, alimentado con whisky, tabaco y estrés crónico, convencido de que eso es parte del liderazgo. Joseph Stalin, con cifras reportadas alrededor de 180–190 mmHg, desconfía de médicos, diagnósticos y probablemente del concepto mismo de prevención. Tres líderes decidiendo el futuro del planeta… con arterias al borde del motín.
Ahora viene la parte deliciosa desde el punto de vista metabólico. En esa época, la glucosa solo “preocupaba” cuando aparecía en la orina. Mientras el riñón no derramara azúcar —lo que ocurre alrededor de 180–200 mg/dL—, todo se consideraba aceptable. Eso significa que estos hombres podían llevar años con glucosas en ayunas de 120–140 mg/dL y picos post comidas mucho más altos, sin diagnóstico alguno. La resistencia a la insulina no tenía nombre: era un fantasma sin bautizar, empujando la presión arterial hacia arriba, endureciendo arterias y activando el sistema nervioso… sin que nadie lo supiera.
Visto con ojos actuales, el cuadro es casi de manual: hipertensión severa + hiperglucemia “tolerada” + insulina elevada + estrés crónico. Hoy lo llamaríamos síndrome metabólico de alto riesgo y estarían en tratamiento intensivo. En 1945, en cambio, la narrativa era otra: Roosevelt estaba “agotado”, Churchill “era intenso” y Stalin “tenía carácter fuerte”. Ninguno murió oficialmente de hipertensión ni de resistencia a la insulina; murieron de derrames, fallas cardíacas y colapsos súbitos, como si la presión y la glucosa no hubieran tenido nada que ver. En Yalta se repartieron países, fronteras e ideologías… pero nadie repartió un tensiómetro ni se preguntó si esa azúcar “normal” estaba cocinando lentamente la historia.
De youtube
¿Y si te dijera que hay un número que predice mejor que la glucosa o la HbA1c tu estado global? No sale en el laboratorio, casi nadie lo mide y, sin embargo, dice muchísimo sobre tu riesgo cardiovascular y tu futuro metabólico. En el video de hoy te explico qué es el VO₂ máx, por qué es tan importante, cómo puedes estimarlo incluso desde casa y qué hacer si sale bajo. Si alguna vez has sentido que “haces ejercicio” pero tu cuerpo no responde, este contenido puede cambiarte la forma de entender tu salud. mucho sentido común por qué y cómo pueden estar frenando tu mejora metabólica.
Hasta el próximo viernes,
Barcha


