de tu sistema defensivo
No lo presiones, déjalo leer tranquilo

Hace unas semanas fui a mi librería favorita “solo a mirar” (pero salí con dos libros) y vi a un niño sentado en el suelo tratando de leer un cuento en voz alta. Iba despacio, se saltaba letras, cambiaba palabras y a veces decía cualquier cosa que no estaba escrita. La mamá lo corregía con paciencia: “no dice gata… dice casa”. Y ahí me cayó la imagen perfecta de lo que pasa dentro de nuestras células todos los días. Cada célula de tu cuerpo vive leyendo un gran libro de instrucciones: tu ADN. Ese libro le dice cuándo crecer, cuándo repararse, cuándo producir energía y cuándo morir. El problema es que ese manual se daña constantemente: por la radiación, por la inflamación, por el oxígeno que respiras, por el estrés, por toxinas, por la vida misma. Y así, cada día una célula hace miles de malas lecturas y tu organismo corrige billones de errores diarios, como una mamá genética corrigiendo lecturas torcidas antes de que se vuelvan problema.
Pero de vez en cuando, una lectura queda mal hecha y nadie la corrige a tiempo. Si justo ese error cae en una frase clave (los frenos que detienen el crecimiento celular o en los aceleradores que lo activan, por ejemplo) la célula empieza a comportarse como ese niño leyendo mal y sin control: interpreta mal las órdenes y se multiplica cuando no debe. Así nacen muchos cánceres y enfermedades: no por una mutación aislada, sino por errores de lectura del manual. Y lo que casi nadie tiene en cuenta es que el mal estilo de vida es como dejar el libro bajo la lluvia todos los días: tabaco, mal sueño, estrés crónico, alcohol, sol excesivo y comida ultra procesada que aumentan brutalmente los daños. Tu cuerpo es un corrector ortográfico espectacular… pero si lo saturas de errores, alguno siempre se le va a escapar.. Por eso el título .. déjalo leer sin presión.
de los enemigos playeros
Yo nací frente al mar. Para mí la infancia fue bicicleta, olas, carreras eternas por la orilla y mucho sol playero. Pero en todo paraíso hay villanos… y el villano invisible de esa época se llamaba medusa (la llamábamos “agua mala”). Tú vas feliz nadando y de pronto —¡zas!— sientes como si te hubieran pasado un cable pelado con picante. No es agua caliente, no es alergia, es puro ardor: la medusa tiene miles de micro-arponcitos (nematocistos) que inyectan veneno en la piel, como mini jeringas automáticas y sales del mar adolorido, muy adolorido.
Ahora, lo que NO hay que hacer: no frotes la zona afectada con arena, no eches agua dulce como si apagaras un incendio (eso activa más veneno), y no permitas el remedio playero de “orine ahí”, versión mito urbano. Lo correcto es sencillo y funciona: enjuaga con agua de mar (no agua dulce), retira con cuidado los restos de tentáculos si quedaron pegados (con una tarjeta o con pinza si hay), y luego échale vinagre si hay disponible, eso desactiva los microarpones. Después calor local (agua tibia caliente tolerable) que ayuda a inactivar el veneno y a calma el dolor. En la mayoría de casos, en horas mejora muchísimo.
Bueno, ya sabes: nada de orín, alcohol, hielo o aceite de coco. Funciona más la novena de san Cayetano.
💬 Flaco, quieres engordar?, .. no duermas.
Dormir mal desordena tu metabolismo como una orquesta sin director: cada hormona entra cuando no debe y suena fatal. Cuando trasnochas o tienes sueño fragmentado, el cortisol —la hormona del estrés— se eleva desde la madrugada como alarma de carro dañada. Ese cortisol le dice al hígado: “libera glucosa”, aunque tú no la necesites. Al mismo tiempo, la grelina (hormona “del hambre”) sube y la leptina (“hormona de la saciedad”) baja, así que amaneces con apetito de presidiario. Y por si fuera poco, tus músculos se vuelven más resistentes a la insulina, como empleados cansados que ya no quieren abrir la bodega de glucosa. Resultado fisiológico real: más azúcar circulando, más insulina trabajando a sobretiempo y más facilidad para convertir energía en grasa.
Ahora viene la parte cruel (pero científica): aunque comas igual, tu cuerpo empieza a engordar. Con mal sueño, quemas menos grasa, usas peor la glucosa y almacenas más calorías “por emergencia”, como si vivieras en guerra metabólica permanente. Es el cuerpo diciendo: “este humano duerme fatal, algo grave pasa, guardemos reservas”. Por eso los que duermen poco tienen más prediabetes, más barriga y más inflamación. Dormir bien no es pereza: es terapia hormonal gratuita, es mejorar insulina, bajar cortisol y permitir que el músculo haga su trabajo de tragaglucosa profesional.
De MITOS
Si hago más ejercicio, bajo de peso.
La realidad es que el ejercicio por sí solo contribuye mucho menos de lo que la gente cree a la pérdida de peso. En estudios de control calórico se ha visto que, en promedio, el ejercicio explica apenas 10–20% del descenso de peso, mientras que 80–90% depende de la alimentación y del balance energético. Para ponerlo en concreto: una hora de caminata rápida puede quemar unas 250–300 calorías, lo que se compensa fácilmente con un café azucarado y un pan; en cambio, ajustar la dieta en 400–500 calorías diarias de forma sostenida tiene un impacto mucho mayor y más predecible en la pérdida de grasa. El ejercicio es fundamental para la salud metabólica, para conservar músculo y mejorar la insulina, eso es oro puro, pero si el objetivo principal es bajar de peso, la palanca más efectiva es la alimentación, no sudar más horas en el gimnasio.
De youtube
¿Has seguido las recomendaciones nutricionales, caminas más, dejaste los dulces… y aun así la glucosa no mejora como esperabas? Tal vez el problema no está en el azúcar, sino en un ingrediente silencioso que se esconde en tu cocina: un producto que inflama tus células y sabotea la acción de la insulina sin que lo notes. En este video te muestro con ciencia, ejemplos claros y mucho sentido común por qué y cómo ese enemigo pueden estar frenando tu mejora metabólica.
Hasta el próximo viernes,
Barcha


