🌴 Notas del fin de semana

Hola, soy Barcha.
Hoy quiero estimularte a que revises tu forma de “envejecer”, verbo irregular de mi colección de verbos sospechosos, de esos que se comportan como si no quisieran conjugarse con nadie: uno no dice “yo envejezco” con entusiasmo, sino casi en voz baja, como esperando que no se note. En esa colección particular también tengo al verbo morir; bueno, pero eso es otro tema, yo solo quería hacer una introducción a los artículos de hoy.

el envejecimiento de hermanos gemelos
La genética y el envejecimiento

Durante años se pensó que envejecer era un simple tema de calendario, pero la ciencia ha demostrado que no todos envejecemos igual, incluso cuando nacemos con el mismo ADN.

Existen varios estudios con gemelos idénticos que han intentado responder la misma pregunta: cuánto del envejecimiento depende realmente de los genes y cuánto de lo que hacemos todos los días. Pero hay uno particularmente elegante que quiero mostrarte. Se trata de los análisis derivados del Finnish Twin Cohort, una cohorte iniciada en los años 70 y seguida durante décadas. Investigadores como Kujala (*) identificaron pares de gemelos monocigóticos en los que, durante más de 30 años, uno había mantenido actividad física regular mientras el otro llevaba una vida claramente sedentaria. Genéticamente eran clones; fisiológicamente, terminaron siendo casi primos lejanos. El gemelo activo mostró hasta 20 % más capacidad aeróbica (VO₂ máx), mejor función mitocondrial y menor acumulación de grasa visceral. Es decir, su organismo producía energía con mayor eficiencia, como un motor bien afinado que sigue respondiendo con los años.

La diferencia más silenciosa —y más decisiva— fue la inflamación crónica de bajo grado, ese fenómeno que hoy llamamos inflammaging. Los gemelos sedentarios presentaban niveles más altos de marcadores inflamatorios asociados a resistencia a la insulina, pérdida muscular y mayor riesgo cardiovascular. El activo, en cambio, mantenía un perfil metabólico mucho más estable. Mismo ADN, distinta biología del envejecimiento. Por eso insisto tanto en algo que parece de gimnasio pero es profundamente médico: medir la capacidad aeróbica. El VO₂ máx es uno de los mejores indicadores de cómo estamos envejeciendo por dentro, y justamente en un video reciente del canal explico cómo estimarlo de manera sencilla en casa.

Y es que, como nos decía el profe Ceballos corrigiendo mi lanzamiento —yo me consideraba un magnífico shortstop o paracorto del equipo infantil de bésisbol del colegio—: “mantengan esa constancia hasta que envejezcan, muchachos, hasta que envejezcan”. Con los años uno entiende que esa constancia que él repetía no era solo para ganar partidos, sino para llegar mejor a la vida que viene después.

(*) Urho M. Kujala es un médico e investigador finlandés, especialista en medicina del deporte y epidemiología clínica, que ha trabajado durante décadas en la University of Jyväskylä (Finlandia). Kujala se hizo particularmente conocido por sus investigaciones con gemelos monocigóticos discordantes para ejercicio (uno activo y otro sedentario durante años). Sus trabajos, publicados desde los años 1990 hasta la década de 2010 en revistas como Journal of Applied Physiology y Medicine & Science in Sports & Exercise, ayudaron a demostrar que el ejercicio sostenido puede modificar la expresión biológica del envejecimiento independientemente del ADN.

el envejecimiento en monasterios
Envejecer como monja

Imagina que quisiéramos estudiar el envejecimiento humano en condiciones casi “de laboratorio”, pero sin laboratorio. Eso fue lo que permitió el Nun Study, iniciado en 1986, al seguir durante más de tres décadas a 678 religiosas que vivían en comunidad bajo condiciones muy similares: horarios regulares, alimentación comparable, bajo consumo de alcohol y tabaco, acceso uniforme a atención médica y una vida cotidiana estructurada. En medicina del envejecimiento esto es oro puro, porque normalmente es muy difícil comparar personas: cada una vive de manera distinta. Aquí, en cambio, las diferencias eran mínimas, lo que permitió observar con claridad qué factores —más allá de la genética— realmente influyen en cómo envejecen el cerebro y el cuerpo.

Lo que encontraron fue fascinante. Al analizar los textos autobiográficos que las monjas escribieron en su juventud (documentos elaborados mucho antes de que existiera cualquier sospecha de estudio) los investigadores observaron que aquellas que utilizaban un lenguaje más elaborado, con mayor densidad de ideas y mejor capacidad para organizar lo que querían expresar, presentaron décadas después un menor riesgo de deterioro cognitivo. No era “escribir bonito”, sino un reflejo temprano de mayor estimulación intelectual y reserva cognitiva a lo largo de la vida. Es decir, el cerebro empieza a “construir su protección” desde temprano. Y aún más sorprendente: algunas religiosas tenían en el cerebro las lesiones típicas del Alzheimer al ser estudiadas tras su fallecimiento, pero nunca presentaron síntomas en vida. Esto ayudó a consolidar el concepto de reserva cognitiva, la capacidad del cerebro para resistir el daño gracias a años de estimulación intelectual, estructura de vida, interacción social y buen estado vascular.

¿La lección práctica? El envejecimiento no depende solo de la genética ni de un suplemento milagroso con nombre impronunciable. Depende de lo que hacemos de forma repetida durante décadas: actividad mental, propósito vital, interacción social, buen control cardiometabólico y hábitos estables. En otras palabras, no es lo que hace un lunes después de ver un video motivacional; es lo que repite durante 40 años.

Las monjas no buscaban longevidad cerebral: buscaban sentido de vida… y de paso nos dejaron una de las bases científicas más sólidas para entender cómo proteger el cerebro. A veces la mejor intervención médica no parece medicina, parece rutina. Y sí, probablemente también ayuda levantarse temprano, pero eso todavía cuesta más que bajar el colesterol.

de tu forma de vestir
👔 👗 Tu ropero y tu cerebro

La mayor parte de mis pacientes tiene más de 50 años, y dentro de ellos hay un grupo muy querido que ya pasó los 75. Y siempre me ha encantado ver a esas señoras y a esos caballeros que llegan al consultorio vestidos jovenes de 30 o 40: arreglados, combinados, con intención, como si el día todavía mereciera prepararse para salir al mundo. Nada de “me pongo lo primero que encontré”, sino esa actitud de quien decide cómo presentarse. Y eso, créanme, dice mucho más de la salud que muchos exámenes de laboratorio.

Hoy sabemos, gracias a estudios en gerontología y envejecimiento saludable, que mantener interés por la apariencia personal y participar activamente en la elección de la ropa se asocia con mejor funcionamiento cognitivo en edades avanzadas. Vestirse implica planificar, elegir, comparar, recordar y adaptarse al contexto: un verdadero ejercicio de funciones ejecutivas que dependen del lóbulo frontal. Cuando esa complejidad se pierde y todo se vuelve automático o indiferente, a veces no es simple desinterés, sino una señal temprana de declive cognitivo. Así que ese paciente que se toma su tiempo para combinar la camisa no está siendo vanidoso… está entrenando el cerebro todos los días, sin pagar gimnasio y con muy buena presentación.

De mi canal en youtube

Hasta el próximo miércoles,
Barcha

Keep Reading