Factores de riesgo
Sobre un delito sin comparendo

Ayer, estando en consulta, mi asistente me avisó que la siguiente cita había sido cancelada. Y como estaba con una paciente excelente conversadora —de esas personas con las que uno siente que la consulta debería tener sobremesa— preparé un café especial (origen Tolima, proceso anaeróbico natural, tostion medio y notas a cocoa y arándanos). Cuando mi paciente tuvo su taza en la mano, sacó un sobrecito de endulzante artificial y lo abrió con una tranquilidad que me estremeció. No por el endulzante, aclaro, sino porque estaba a punto de cometer un crimen contra el sabor del café. Al verme la cara, me preguntó: “Barcha, ¿tú crees que el endulzante artificial es malo?”. Y le dije: “Malo, malo… depende. Pero echarle eso a este café sí debería tener cárcel”.

La respuesta científica, como casi siempre, no cabe en un meme. Un artículo reciente revisó un gran análisis sobre bebidas endulzadas y cáncer de hígado. La noticia interesante fue esta: los endulzantes artificiales no parecen ser el villano cinematográfico del cáncer.

En cambio, cada bebida azucarada adicional al día sí se asoció con más riesgo: 10% más de carcinoma hepatocelular y 15% más de colangiocarcinoma intrahepático. Es decir, por ahora, el azúcar líquido sale peor librado que el endulzante artificial. Y esto tiene lógica: las bebidas azucaradas se han relacionado con obesidad, diabetes tipo 2, hígado graso metabólico e inflamación; todas esas visitas indeseables que llegan a la casa del hígado, se sientan en la sala y después no quieren irse.

Pero tampoco convirtamos el endulzante artificial en santo patrono de la salud metabólica. Que en este estudio no se haya asociado con cáncer de hígado no significa que debamos endulzar hasta el agua bendita. Además, mucha de la investigación sobre endulzantes artificiales, diabetes, obesidad y cáncer sigue siendo compleja, con resultados mixtos y posibles sesgos.

Mi consejo para la paciente fue sencillo: si el endulzante artificial ayuda a dejar gaseosas azucaradas, puede ser un puente razonable; pero la meta no debería ser vivir persiguiendo el sabor dulce con escolta química, sino educar el paladar. Y con el café, por favor, hagamos las paces con la civilización: si es un buen café, primero pruébalo solo. El hígado puede perdonar muchas cosas, pero el buen gusto cafetero no siempre.

Bibliografía para curiosos:
H.K. Krishnaraj, Nayak SS, Rahman N, et al. Association between artificial sweeteners and cancer risk: an umbrella meta-analyses study. European Journal of Medical Research. 2026;31:588. DOI: 10.1186/s40001-026-04136-y.

No solo es la edad
Rodilla dolorosa y la glucosa entre las causas.

Uno cree que la rodilla es una señora independiente: se levanta, camina, sube escaleras, protesta cuando uno se agacha y, después de cierta edad, empieza a sonar como puerta vieja de finca. Pero resulta que a veces detrás de ese dolor está el peso, la artrosis, una tendinitis o una lesión vieja pero también puede estar el metabolismo metido como vecino chismoso mirando por la ventana. En personas con diabetes, prediabetes o resistencia a la insulina, el dolor de rodilla puede ser más frecuente o más difícil de manejar, no solo por el exceso de peso, sino por inflamación crónica, estrés oxidativo, alteraciones de los vasos pequeños y cambios en el tejido conectivo. Dicho en idioma de consulta: la glucosa alta no solo puede molestar al ojo, al riñón, al corazón y a los nervios; también puede ir a la rodilla, tocar la puerta y decirle: “permiso, vengo a complicarte la vida”.

Por supuesto, el sospechoso de siempre es el peso. La rodilla es una trabajadora silenciosa que recibe todo lo que uno le manda desde arriba: barriga, lonchera emocional, postres de diciembre y promesas incumplidas de enero. Un estudio clásico de Messier y colaboradores mostró que, en personas con sobrepeso u obesidad y artrosis de rodilla, por cada libra de peso perdida se reduce aproximadamente cuatro veces la carga sobre la rodilla por cada paso. O sea, bajar 5 kg. no es “poquito” para la rodilla: para ella puede sentirse como si le quitaran una nevera de encima en cada caminata. Pero no todo es mecánico. La diabetes también se ha relacionado con inflamación de bajo grado y con productos finales de glicación avanzada, unos villanos metabólicos que pueden modificar el colágeno y afectar cartílago, sinovial y matriz articular. En palabras menos elegantes: la glucosa alta puede ir “caramelizando” tejidos, pero no como postre fino de restaurante, sino como daño biológico con cara de “yo no fui”.

Entonces, cuando una persona con diabetes o prediabetes dice al médico “.. me duele la rodilla”, no pensamos automáticamente: “eso es la edad”. Esa frase, además de perezosa, es casi una forma médica de apagar la luz y salir corriendo. Miramos la rodilla, sí, pero también el cuerpo completo: peso, glucosa, fuerza muscular, actividad física, inflamación, neuropatía, medicamentos y señales de alarma. Fortalecer cuádriceps y glúteos, bajar peso si sobra, moverse con inteligencia, hacer fisioterapia bien indicada y controlar mejor la glucosa pueden ayudar mucho más que comprar la rodillera milagrosa número 14 por internet.

Y si hay dolor severo, hinchazón marcada, enrojecimiento, fiebre, imposibilidad para apoyar, inestabilidad o empeoramiento rápido, ahí no se negocia con pomadas, rezos ni tutoriales de YouTube: hay que consultar. La rodilla puede sonar como bisagra vieja, pero muchas veces está contando una historia metabólica mucho más interesante.

Bibliografía para curiosos:
 Messier SP, Gutekunst DJ, Davis C, DeVita P. Weight loss reduces knee-joint loads in overweight and obese older adults with knee osteoarthritis. Arthritis & Rheumatism. 2005;52(7):2026-2032.

de dolores
Herpes zooster y la vacuna

El herpes zóster, más conocido como “culebrilla”, es una de esas enfermedades que suenan antiguas, casi de botica de pueblo, hasta que le da a alguien cercano y uno descubre que no tiene nada de folclórica. Es el virus de la varicela, que quedó dormido durante años en los nervios y un día se despierta como vecino problemático: haciendo ruido y dejando ampollas dolorosas en la piel. Pero lo peor no siempre es el brote. Lo verdaderamente cruel puede venir después: la neuralgia posherpética, ese dolor persistente que queda cuando la piel ya parece haber sanado, pero el nervio sigue protestando como si le hubieran dejado adherido una plancha caliente. Es un dolor ardoroso, eléctrico, desesperante, que puede durar meses o incluso años. Yo uso en algunos pacientes una técnica de medicina alternativa llamada terapia neural para el manejo del dolor, pero ese es otro tema para conversar con calma, porque hoy la estrella no es apagar el incendio: es evitar que se prenda.

Shingrix es una vacuna recombinante contra el herpes zóster. No es una vacuna viva; contiene una proteína del virus varicela-zóster más un adyuvante que le dice al sistema inmune: “despierte, señor, que aquí hay que trabajar”. Se aplica en dos dosis, usualmente separadas por 2 a 6 meses, y su eficacia es alta incluso en personas mayores. En los estudios ZOE-50 y ZOE-70, la eficacia contra herpes zóster fue de 96,6% en adultos de 50 a 59 años, 97,4% en los de 60 a 69 años, y en mayores de 70 fue alrededor de 91,3%. En mayores de 80 años, donde uno podría pensar que el sistema inmune ya responde como funcionario cansado un viernes por la tarde, la eficacia siguió siendo sorprendente: cerca de 91,4%. Es decir, no estamos hablando de una vacuna que “ayuda más o menos”, sino de una herramienta potente para reducir el riesgo de culebrilla y, de paso, la posibilidad de esa neuralgia posherpética que puede convertir una camiseta, una sábana o una caricia en tortura medieval.

Y hay una parte fascinante que todavía está en estudio: la posible relación entre vacunarse contra herpes zóster y menor riesgo de demencia o Alzheimer. Algunos estudios observacionales y de “experimento natural” han encontrado que las personas vacunadas contra zóster parecen tener menor incidencia de demencia en los años siguientes. Un estudio en Gales encontró una reducción relativa cercana al 20% en nuevos diagnósticos de demencia durante 7 años con la vacuna antigua contra zóster; y estudios más recientes con la vacuna recombinante, como Shingrix, también han reportado asociación con menor riesgo de demencia. Ojo: esto no significa que podamos decir “Shingrix previene Alzheimer”, porque eso sería ponerle capa de superhéroe antes de terminar la película. Pero la hipótesis es interesante: evitar reactivaciones del virus varicela-zóster podría reducir inflamación neurológica, daño vascular, activación inmune crónica o episodios de agresión al sistema nervioso que quizá contribuyan al deterioro cognitivo en personas vulnerables. Dicho con humor: si el virus está dormido en los nervios, mejor no dejarlo hacer fiesta clandestina en el edificio cerebral. Por ahora, la indicación fuerte y comprobada de Shingrix es prevenir herpes zóster y neuralgia posherpética; el posible beneficio sobre demencia es una pista científica muy atractiva, pero todavía no debe venderse como escudo anti-Alzheimer.

Referencias para curiosos: estudios ZOE-50 y ZOE-70 sobre eficacia de Shingrix; estudios observacionales recientes en Nature, Nature Communications y Nature Medicine sobre vacunación contra zóster y riesgo de demencia.

cosas de nosotros
Un extraterrestre y la prediabetes

Si un extraterrestre aterrizara en la Tierra y revisara nuestras estadísticas de salud, probablemente pensaría que hemos perdido el manual de instrucciones de la especie. Descubriría que la diabetes está entre las principales causas de muerte y discapacidad del planeta, que aumenta el riesgo de infarto, accidente cerebrovascular, insuficiencia renal, ceguera y amputaciones, y que afecta a cientos de millones de personas. Luego encontraría algo aún más extraño: existe una etapa previa llamada prediabetes, que puede durar años, durante la cual todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo. "¿Entonces la detectan temprano y la corrigen?", preguntaría ingenuamente. Y nosotros tendríamos que responderle: "Bueno... no exactamente".

La primera cosa que lo dejaría confundido es que muchas personas celebran que "solo" tienen prediabetes, como si fuera una medalla de tranquilidad. La segunda, que esperan a que aparezca la diabetes para tomarse en serio el problema. La tercera, que conocen mejor el porcentaje de batería de su celular que su glucosa en ayunas o su hemoglobina A1c. La cuarta, que algunos caminan menos de lo que caminaría un robot aspiradora durante una mañana de trabajo. Y la quinta, que cuando el médico les dice que han mejorado gracias a perder peso y hacer ejercicio, concluyen que ya pueden volver a las mismas costumbres que los llevaron al problema. En términos extraterrestres, sería como reparar una fuga de oxígeno en una nave espacial y luego volver a perforar el tanque "porque ya está funcionando bien".

Lo que más sorprendería a nuestro visitante galáctico es que gran parte de la tragedia ocurre en silencio. Mientras una persona se siente perfectamente bien, la resistencia a la insulina puede estar avanzando, la grasa acumulándose en el hígado, la presión arterial elevándose, los triglicéridos aumentando y las arterias envejeciendo más rápido de lo debido.

Antes de subir a su nave, quizás escribiría: "Después de estudiar esta civilización, he descubierto una costumbre extraña: cuando el colesterol sube, la glucosa aumenta y la cintura crece, los humanos no siempre cambian sus hábitos. Primero buscan un video, luego una dieta milagrosa, después un suplemento mágico, y finalmente un culpable. Todo, menos una caminata".

Hasta el próximo miércoles,
Barcha

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