cosas de los bichos
Cuando el azúcar sube y no es por lo que comiste.

Hace unos días vi a Ana, 63 años. Venía muy juiciosa con su alimentación, caminando en las mañanas y noches, y con glucosas matutinas que por fin empezaban a acomodarse entre 89 y 102 mg/dL. Iba muy bien, hasta que de un momento a otro empezó a sentirse rara. Más cansada, un poco de malestar, y algo que no le cuadraba: su glucosa en ayunas apareció en 128, luego 135 sin haber cambiado la dieta. “Barcha, no he comido nada distinto, ¿qué crees que me pasa?”
Al examinarla había pistas sutiles: más frecuencia urinaria, una sensación general de “no estar bien”. Pedí un uroanálisis y ahí estaba la respuesta: infección urinaria. Porque cuando el cuerpo entra en modo defensa, libera cortisol, adrenalina y otras señales que le dicen al hígado: “necesitamos energía ya”. Y el hígado, muy obediente, empieza a liberar glucosa aunque tú no hayas comido más. Es decir, el problema no era la comida, era la inflamación.
Y ahí está el mensaje importante. No toda subida de glucosa significa que lo estás haciendo mal. A veces es el cuerpo avisando que algo más está pasando. Infecciones, estrés, inflamación pueden alterar esos números que tanto vigilas. Por eso, cuando veas una glucosa que no cuadra con lo que estás haciendo, no te culpes de inmediato. Pregúntate qué más puede estar ocurriendo. Porque entender eso cambia por completo la conversación.
En este caso un simple examen de orina (uroanálisis) bastó para llegar al problema.
cosas de la edad
Tu memoria no está fallando, se optimiza haciendo limpieza

De la consulta de esta mañana: “Barcha, se me están olvidando los nombres… esto ya no es normal”. Pero más tarde me contó con lujo de detalle una historia de 1978, con música de fondo, clima, ropa y hasta el color de las cortinas. Yo pensé: “Interesante, tu memoria no está fallando, está seleccionando mejor que un portero de discoteca”. Porque sí, con los años, tu cerebro empieza a priorizar, no guarda todo, guarda lo que considera valioso. El problema es que, a veces, no coincide con lo que tú necesitas en el momento, como el nombre de ese vecino que te saluda con entusiasmo y tú respondes con un elegante: “¡ehh, hombre… vecino.. saludo!”
Resulta que una estructura clave llamada hipocampo, encargada de formar nuevos recuerdos, se vuelve un poco más “exigente” con la edad. Ya no almacena información tan fácilmente como antes, especialmente si no hay emoción, repetición o atención real. Pero eso no significa deterioro automático. De hecho, tu cerebro sigue siendo plástico, adaptable, solo que ahora funciona más como una biblioteca bien administrada que como un cajón desordenado. Antes guardabas todo, ahora archivas. Antes acumulabas, ahora seleccionas. Y sí, a veces ese sistema decide que recordar la letra completa de una canción de juventud es más importante que la contraseña de la tarjeta débito.
Así que la próxima vez que olvides dónde dejaste las gafas (que, por cierto, probablemente están en tu cabeza), no entres en pánico. Pregúntate más bien: ¿estaba prestando atención cuando las dejé ahí? Porque muchas veces no es problema de memoria, es distracción con experiencia acumulada. La buena noticia es que hay formas de ayudarle a tu cerebro: moverte más, dormir mejor, desafiarlo con cosas nuevas y, sobre todo, reírte un poco del asunto.
Porque si algo he aprendido viendo pacientes es que la memoria no se pierde de golpe, se transforma. Y en ese proceso, a veces nos regala algo mejor: la capacidad de recordar lo que realmente importa.
Bueno, y si esto ya no es ocasional sino repetitivo, si ya no es el nombre del vecino sino dónde dejaste el carro, ahí ya no es solo “optimización de memoria”… es momento de pensarlo con más seriedad.
Porque una cosa es que tu cerebro seleccione y otra muy distinta es que empiece a perder archivos sin avisar.
de hormonas
Testosterona: menos magia y más realidad (para hombres y mujeres)

Últimamente parece que la testosterona se volvió el nuevo “elixir de la juventud”. Que si comes esto, que si tomas aquello, que si agregas un suplemento “milagroso”. Y claro, suena tentador: más energía, más músculo, mejor ánimo. Pero cuando uno se sienta a revisar la evidencia con calma, la historia cambia. Las recomendaciones recientes han sugerido que ciertos nutrientes o suplementos podrían “apoyar” la testosterona, pero muchos expertos han levantado la ceja, porque la evidencia detrás de esas afirmaciones es, siendo generosos, bastante flojita . Es decir, mucho marketing, y poca ciencia sólida.
Aquí viene el punto clave, y esto aplica tanto para hombres como para mujeres: el factor que realmente mueve la aguja hormonal no está en un frasco está en el contexto metabólico. El sobrepeso, la grasa visceral, el sedentarismo y el estrés metabólico son los verdaderos “ladrones hormonales”. De hecho, la evidencia es bastante clara en algo sencillo pero poderoso: la pérdida de peso y la mejora del estilo de vida pueden aumentar significativamente los niveles de testosterona, especialmente en personas con exceso de peso. No hay misterio. Tu cuerpo no necesita trucos, necesita condiciones adecuadas.
Y aquí es donde vale la pena hacer una pausa honesta: no existe eso de “salud de la testosterona” como un concepto mágico independiente del resto del cuerpo. Tus hormonas no viven aisladas, viven dentro de un sistema. Si duermes mal, comes mal, no te mueves y vives estresado, ninguna cápsula va a rescatarte. Así que antes de buscar el suplemento de moda, vale la pena hacerse una pregunta más incómoda pero mucho más útil: ¿cómo está mi tablero metabólico completo? Porque al final, más que subir una hormona, se trata de recuperar el equilibrio.
del comportamiento
Cuando la grosería es “saludable”

Te voy a hacer una pregunta. ¿Qué es lo primero que dices cuando te golpeas el dedo chiquito del pie contra la cama a las seis de la mañana? No me respondas en voz alta si hay gente cerca, pero ambos sabemos que no es precisamente una frase elegante. Y lo curioso es que, en ese momento, no importa si eres el más educado del grupo, si das conferencias o si en tu familia te enseñaron a hablar bonito. Ese instante tiene algo especial. Es casi primitivo. Sale una palabra que no estaba invitada, pero que llega puntual.
Lo interesante es que eso no es solo falta de filtro. Tiene ciencia detrás. Un estudio publicado en NeuroReport hizo algo tan simple como brillante: puso a personas a meter la mano en agua helada y comparó a quienes podían decir groserías con quienes debían repetir palabras neutras. El resultado fue claro. Los que decían groserías aguantaban más tiempo y reportaban menos dolor. Es decir, no era teatro. Había un efecto real. Cuando dices una grosería, activas zonas profundas del cerebro, aumentas la liberación de adrenalina y entras en un modo más defensivo. Tu cuerpo prioriza resistir antes que sentir. En ese momento, el cerebro no está preocupado por la etiqueta social, está ocupado ayudándote a sobrevivir al golpe.
Pero antes de que empieces a justificar cualquier conversación incómoda con argumentos médicos, hay un detalle importante. No cualquier palabra funciona. Tiene que ser una palabra con carga emocional real. El cerebro distingue perfectamente entre una expresión auténtica y un intento elegante de disimular. Ese “caramba” bien educado no tiene el mismo efecto. Aquí no hay simulación que valga. El cuerpo responde a lo que siente de verdad. Así que la próxima vez que te golpees el dedo y salga una palabra poco apropiada, no te apresures a corregirte. En ese instante, tu cuerpo estaba haciendo exactamente lo que tenía que hacer. Y si alguien te mira raro, siempre puedes decirle que estabas aplicando neurociencia en tiempo real.
Bibliografía para curiosos
Stephens R, Atkins J, Kingston A.
Swearing as a response to pain.
NeuroReport. 2009;20(12):1056–1060.
💬 CONVERSATORIO
para usuarios de la Guía del paciente con Prediabetes

Hay algo que he venido pensando desde hace varios días a raíz de las preguntas que me han enviado algunos de los lectores de la Guía del paciente con Prediabetes. Muchos de ustedes ya empezaron a mirar sus números, a entender su “tablero metabólico”, pero detrás de cada cifra hay una historia distinta, una duda puntual, una inquietud que no siempre queda resuelta en un documento. Y eso es completamente normal.
Por eso quiero proponer algo diferente: para quienes ya tienen la guía estoy organizando una videollamada grupal, un conversatorio tranquilo para que podamos revisar dudas reales, casos específicos y, sobre todo, aprender entre todos. La idea no es una clase, es un espacio cercano, casi como si estuviéramos en el consultorio pero acompañados de otras personas que están recorriendo el mismo camino.
Si te interesa participar, respóndeme este correo diciéndome en qué días de la semana y en qué horario te sería más fácil conectarte. Sé que estamos en distintos países, así que intentaré organizarlo en un horario que nos funcione a la mayoría.
Hasta el próximo sábado,
Barcha


