Resultados de laboratorios
La ANEMIA, esa gran olvidada

De la infancia, el tema de salud que recuerdo es el de la anemia. Creo que la anemia y los parásitos eran dos de los grandes fantasmas de los padres y abuelos. Bastaba que un niño estuviera pálido, flaco o sin ganas de jugar para que apareciera alguna madre con el diagnóstico listo: “Ese muchacho tiene anemia… ”. Y detrás venían el hígado, algún jarabe con hierro y, con frecuencia, una purga que uno recuerda con cierto resentimiento. Yo, por ejemplo, no he olvidado el Piparsol 25, un desagradable jarabe verde con el que mi mamá nos perseguía 3 veces al año “por si acaso teníamos lombrices”
Hace poco, en una de mis caminatas de las seis de la tarde, una paciente me “capturó”, sacó el teléfono y, con esa sonrisa de triunfo que yo normalmente reservo para cuando encuentro dinero olvidado en el bolsillo de un pantalón viejo, me mostró sus resultados. “Barcha, mira, la hemoglobina está normal. Entonces de hierro estoy perfecta”. No necesariamente. La hemoglobina nos ayuda a saber, entre otras cosas, si ya existe anemia, pero no nos cuenta toda la historia. Es como revisar tus finanzas mirando únicamente si este mes te alcanzó para pagar las cuentas: puedes haber pagado la cuota del préstamo, los servicios y las tarjetas, mientras llevas meses sacando dinero de los ahorros. El organismo puede hacer algo parecido: mantener la hemoglobina todavía muy digna dentro del rango mientras va consumiendo lentamente sus reservas de hierro. Por eso podemos tener deficiencia de hierro sin anemia.
Cuando sospecho que puede haber una deficiencia de hierro, no me conformo con mirar solamente la hemoglobina. Suelo pedir también ferritina, porque puede mostrar que las reservas ya están disminuyendo aunque todavía no exista anemia. En otras palabras: la hemoglobina me dice si ya estamos en números rojos; la ferritina me ayuda a saber si llevamos tiempo gastándonos los ahorros.
Y esto me interesa especialmente en quienes ya pasaron de los 60 años. A esa edad no deberíamos despachar una hemoglobina baja con un simple “bueno, serán los años”. Los años explican las canas, las arrugas y hasta esa curiosa costumbre de contar la misma historia más de una vez; no explican por sí solos una anemia.
Esto es todavía más importante en personas con enfermedad cardiovascular. Mi paciente, por ejemplo, tiene diabetes de varios años de evolución y ya había compromiso cardíaco. En alguien así, una anemia no es un detalle menor: la hemoglobina es la encargada de llevar oxígeno a los tejidos, y a un corazón que ya trabaja bastante con sus propios problemas no es sano pedirle, además, que funcione con menos oxígeno disponible.
Pero tampoco quiero que mañana aparezca media audiencia de esta newsletter haciendo fila para comprar hierro. El objetivo no es subir la ferritina por deporte, es entender por qué está baja. En una persona mayor puede haber pérdidas por microsangrados en las vías digestivas, problemas de absorción del hierro, enfermedad renal, inflamación crónica, alimentación insuficiente u otras causas que merecen investigación. Y hay otra pequeña trampa: con la inflamación la ferritina puede subir y parecer tranquilizadora aunque exista deficiencia de hierro; por eso las guías actuales recomiendan interpretarla junto con la saturación de transferrina en ese escenario. Así que la próxima vez que veas una hemoglobina normal, puedes sonreír. Yo también lo hago. Pero no tanto como cuando encuentro un billete en un pantalón viejo, porque en medicina una hemoglobina normal significa exactamente eso: la hemoglobina está normal. Todavía nos falta averiguar cómo está la despensa.
Cosas de infancia y de adultos
La lotería de mis amigos

Te advierto: esta historia es un poco larga. Pero tiene bicicletas, amores infantiles, cáncer, diabetes, malas decisiones y hasta alguna pareja que debió venir con advertencia sanitaria en la caja.
De mis amigos de infancia guardo recuerdos maravillosos y, por fortuna, con la mayoría todavía hablo varias veces al año. Éramos niños saludables, y a veces me hago una pregunta: si nuestros médicos de aquella época hubieran podido mirarnos y apostar qué enfermedades tendríamos 50 años después, ¿habrían acertado? Pongamos cuatro boletas sobre la mesa.
Ahí comienza nuestra lotería. Al nacer nos entregaron una boleta genética cuyos números no escogimos. Venían de nuestros padres, abuelos y de una multitud de antepasados. Nuestros médicos podían ver a cuatro niños corriendo y jugando, pero no podían leer todos los números impresos en aquellas boletas.
Gabriela, la niña que me encantaba y a quien años después, cuando volvimos a encontrarnos en la universidad, le confesé que había sido mi amiga preferida, hoy tiene hipertensión y prediabetes. Patricia lucha contra un cáncer de mama. Efraín tiene diabetes tipo 2. Y Ernesto, sorprendentemente, no tiene problemas importantes de salud conocidos. Digo sorprendentemente porque todos habríamos apostado por él: vivía donde el médico por su asma y por lo que hoy sé que era una rinitis crónica, pero entonces le llamábamos “otra vez está agripado”. El muchacho parecía venir con la garantía vencida pero terminó ganándonos a todos.
Gabriela, por ejemplo, tenía varios familiares hipertensos y una madre que desarrolló diabetes después de los 60. Con los años ganó algo de grasa abdominal, empezó a dormir peor (no voy a hablar mal del ex-esposo, lo prometí), y, a pesar de leerme religiosamente en esta newsletter, sigue siendo bastante sedentaria. La presión arterial tiene un componente hereditario considerable: se estima que 30 a 50% de las diferencias de presión arterial entre personas pueden relacionarse con diferencias genéticas. Pero los genes no trabajan solos. Con los años se van sumando peso, alimentación, actividad física, sueño, alcohol, medicamentos y muchas otras cosas. Gabriela recibió unos números; la vida siguió llenando el bombo.
Efraín quizá sea quien mejor explica esta lotería. De niño era mi gran compañero de bicicleta y de natación en la playa. Si hubieran evaluado únicamente nuestra actividad física, habrían pensado que teníamos contratado un magnífico futuro metabólico. Pero su padre desarrolló diabetes tipo 2 a los 55 años y dos hermanos de su madre también la tuvieron. Eso pesa; tener un familiar de primer grado con diabetes tipo 2 se ha asociado con un riesgo 2,5 a 3 veces mayor, y cuando ambos padres están afectados algunos grandes estudios encuentran riesgos alrededor de 5 veces mayores. La heredabilidad de la diabetes tipo 2 se ha estimado entre 30 y 70%. Genes y hábitos bailan tan pegados que a veces resulta difícil saber quién está comandando el paso.
Y entonces Efraín hizo algo que no nos habríamos imaginado: se bajó de la bicicleta y no volvió a subirse. Con los años se volvió sedentario, ganó grasa abdominal y su alimentación y otros hábitos eran malos. La predisposición que llevaba desde niño encontró un ambiente bastante cómodo para expresarse. Eso no significa que Efraín se haya “causado” la diabetes ni que estuviera condenado a tenerla. Significa que una susceptibilidad heredada fue encontrándose durante décadas con factores que aumentaban todavía más su riesgo. Cuando pedaleábamos juntos hacia la playa, aquella boleta ya iba en su bolsillo. Hace poco le pregunté si habría cambiado sus hábitos de haber conocido entonces su predisposición. Me aseguró que sí. Bueno...es mi amigo y debo creerle.
Patricia llevaba otra boleta. Su abuela y una tía tuvieron cáncer de mama. Si un médico hubiera conocido aquella historia probablemente habría dicho a su familia: “Esto merece atención”. Hoy, dependiendo de quién enfermó, a qué edad y qué otros cánceres aparecieron en la familia, podríamos incluso plantear una evaluación de riesgo hereditario y asesoramiento genético. Pero ni entonces ni ahora habría sido posible mirar a aquella niña que jugaba con nosotros y sentenciar: “Patricia tendrá cáncer de mama”.
La historia familiar aumenta la preocupación, no escribe el futuro. Solo alrededor del 5 al 10% de los cánceres de mama se relacionan con alteraciones genéticas hereditarias. Entre las más conocidas están BRCA1 y BRCA2, y allí la lotería cambia considerablemente: una mujer que hereda una variante patológica en alguno de esos genes puede tener un riesgo de cáncer de mama durante su vida superior al 60%. En algunas familias la genética susurra, en otras habla bastante duro.
Patricia hizo todo bien. Nunca fumó, mantuvo un peso adecuado, hacía actividad física, no tomaba alcohol y fue juiciosa con sus controles y mamografías. Es decir, no dejó la boleta encima de la mesa esperando tranquilamente el sorteo. Y, sin embargo, desarrolló cáncer de mama. Su historia enseña algo que a veces olvidamos cuando hablamos de prevención: la prevención reduce probabilidades, no firma contratos. Podemos sacar algunas balotas del bombo; nunca podemos vaciarlo por completo.
¿Y Ernesto, el eterno cliente del pediatra? Ernesto y yo compartíamos una afición que conservamos hasta hoy: tomarnos la vida con humor burlón y, de vez en cuando, le tomamos el pelo a los demás. Creo que por eso nuestros amigos nos buscaban tanto, aunque sospecho que hubo días en que, por exactamente la misma razón, procuraban no encontrarnos.
Si entonces hubiéramos organizado una apuesta sobre quién llegaría a esta edad coleccionando diagnósticos, Ernesto habría sido favorito. Pero su padre llegó a los 85 sin enfermedades cardiometabólicas importantes ni cáncer, su madre aún vive, es relativamente saludable y él mantuvo durante décadas un peso razonable, siguió caminando y nunca fumó. El niño que parecía tener todas las luces encendidas en el tablero terminó siendo uno de los que mejor pasó la revisión técnico-mecánica.
Todos recibimos al nacer la boleta genética, la del premio mayor, pero después pasamos décadas metiendo y sacando otras balotas del bombo. Allí entran el peso, la actividad física, lo que comemos, el sueño, el cigarrillo, el alcohol, el estrés, los medicamentos, el trabajo y las decisiones que tomamos por el camino. Algunas son bastante sensatas. Otras, vistas años después, uno quisiera atribuirlas a un episodio transitorio de pérdida del juicio; porque las parejas, aunque afortunadamente no pueden modificar nuestro ADN, algunas sí tienen una sorprendente capacidad para alterar el sueño, el estrés, la alimentación, el consumo de alcohol y hasta las ganas de salir a caminar (me comprometí a no hablar mal del ex-esposo de Gabriela). La genética entrega la boleta; después la vida, y alguna que otra mala elección, encuentra maneras extraordinariamente creativas de llenar el bombo.
Por eso esta lotería es bastante rara: No podemos cambiarla y ganamos cuando nunca sale nuestro número. El verdadero premio es llegar a viejo y poder decir: “Bueno, yo hice lo que me correspondía, lo demás es azar genético”.
de la Cara
Ejercicios “plancha-arrugas”

Hace poco una paciente me dijo: “Barcha, ¿qué crema sirve de verdad para no verme tan vieja?”. La pregunta era peligrosa porque yo tenía dos opciones: contestarle seriamente o recomendarle que apagara la luz del baño, que además es bastante más barato. Pero la respuesta es otra: buena parte de lo que llamamos “envejecimiento de la cara” no ocurre solamente en la piel. Así que podemos comprar una crema cuyo nombre parece el de una misión espacial, aplicarla religiosamente cada noche y descubrir, con cierta indignación, que el pómulo no leyó la etiqueta.
La cara también tiene músculos, aunque a veces los tratemos como si fueran simples espectadores de las arrugas. Con los años cambian la piel, la grasa, el hueso y también la función muscular. Los ejercicios faciales pueden ayudar a trabajar algunos músculos de las mejillas y alrededor de la boca, aunque la evidencia sobre un verdadero “rejuvenecimiento” todavía es limitada. En el cuello, en cambio, trabajar movilidad, control muscular y postura tiene mucho más sentido funcional. La idea no es prometer que diez repeticiones te devuelvan la cara de los 35. Si alguien lo garantiza, probablemente también vende terrenos en la Luna.
Por eso organicé una rutina corta de unos 8 a 10 minutos que algunos estudios muestran con resultados. Son ejercicios sencillos para cara y cuello. En cada uno puedes ver qué músculos participan, cómo realizarlo y cuántas repeticiones hacer. No necesitas equipos, pesas ni convertir el baño en un gimnasio. Solo hacerlos despacio, sin dolor y con algo de constancia. Eso sí: revisa con tu médico de cabecera si tienes alguna restricción para realizarlos.
Crees que alguien que conoces le pueden interesar estos artículos? Compártela a través de Whatsapp 👉 por aquí
Hasta el próximo sábado,
Barcha

