de la FINCA de Rafa

Rafa vive a tres cuadras de mi consultorio. Tres. Tan cerca que a veces bromeo con que podría hacerle los controles médicos caminando. Tiene 78 años, una sonrisa tranquila (la viudez lo hace sonreír?: mal chiste, pero no pude dejarlo) y ese tipo de energía de las personas que hacen de cada día algo sencillo pero feliz.

No es solo uno de mis paciente: es de esos que se vuelven parte de la vida del médico, como de la familia, como un tío protector.

La semana pasada, cerca del mediodía, me llamó con una voz entusiasmada.

—Doctor, véngase un momentico a la casa. La empleada acaba de hacerle un bocachico y lo va a asar. Eso no se puede dejar enfriar.

Confieso que las obligaciones no siempre le ganan a un buen pescado recién hecho. Y especialmente cuando durante 18 meses solo comiste ese pescado de río al hacer el año rural obligatorio en un pueblo de pescadores a la orilla de la ciénaga de Zapayán.

Crucé las tres cuadras y ahí estaba Rafa, orgulloso del almuerzo, con ese aire de quien siente que invitar a comer al médico también es cuidarse (tampoco pude dejarlo).

—Barcha, hoy sí comerás naturalito.

Fue entonces cuando, como quien comenta algo sin importancia, añadió:

—Ah, y ayer caminando por la parte agreste de la finca encontré unos bonitos hongos y esta mañana me preparé huevos escalfados en sobrecama de esos hongos “montunos”. Bien bonitos. Bien frescos. Naturales.

En ese instante, mi cerebro entrenado para detectar esas “notas aisladas” dejó de pensar en bocachico y entró en modo alarma. Hongos. Monte. Natural. Tres palabras que, juntas, pueden ser la antesala de una urgencia.

Horas después, Rafa ya no estaba tan feliz. Comenzaron los vómitos, la diarrea y ese dolor abdominal que no da tregua. La empleada me llamó: él Iba y venía del baño como si su sistema digestivo hubiera decidido hacer ejercicio extremo sin previo aviso. Al finalizar la tarde fui a verlo:

—Doctor, ya estoy mejor. Eso fue algo leve.

Y aquí viene la parte cruel de la intoxicación por hongos.

Porque algunos hongos venenosos funcionan como los problemas serios de salud: primero hacen ruido, luego parecen desaparecer… y justo cuando uno se relaja, atacan por dentro.

Mientras Rafa se sentía mejor, la toxina ya estaba dentro de su hígado, apagando células una por una, como quien apaga luces en un edificio al final de la jornada. Dos días después, los exámenes hablaron claro: enzimas hepáticas disparadas, hígado inflamado y los riñones empezando a protestar.

La “ensaladita natural” no había sido tan inocente.

Había sido, literalmente, una agresión bioquímica.

Lo más inquietante es que la historia de Rafa no es rara. Cada año miles de personas terminan intoxicadas por hongos simplemente por confundir especies venenosas con comestibles. No huelen mal. No saben raro. No se ven peligrosas. Algunos incluso parecen sacados de un catálogo gourmet.

Entre los más peligrosos están los del grupo Amanita, conocidos con un nombre tan poético como aterrador: “los ángeles destructores”. Basta una cantidad mínima para causar daño hepático severo. Y su estrategia es perversa: primero enferman, luego dan una falsa mejoría y después atacan el hígado con toda su fuerza.

Otros hongos afectan el cerebro y provocan convulsiones. Algunos destruyen los riñones días o semanas después. Otros generan colapsos circulatorios. La naturaleza, aunque hermosa, también sabe ser implacable.

La experiencia con Rafa me recordó algo que en medicina vemos a diario: lo silencioso suele ser lo más peligroso. Igual que la glucosa que sube sin doler, la grasa visceral que no se ve o la presión alta que no avisa.

Por fortuna, Rafa está mejorando. Pero esa caminata por el monte y esa ensalada improvisada casi le cuesta el hígado.

Si este artículo te deja una sola enseñanza, que sea esta: cuando se trata de hongos, si no eres experto, el mejor lugar para admirarlos es el bosque… no el plato.

Porque no todo lo que viene de la naturaleza viene con buenas intenciones.

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