Los últimos 7 años de mi madre fueron de amor matizado por un déficit cognitivo que avanzaba. Su memoria se desordenaba: mezclaba recuerdos, confundía tiempos y nombres, pero su manera de ver la vida, con ese optimismo y esa alegría tan suya, seguía siendo inconfundible a través de la bruma del Alzheimer.
Dada su edad y su estado general, sabiendo que los medicamentos disponibles no detienen el proceso pero sí podían alterar su calidad de vida, priorizamos a la persona sobre la enfermedad: menos pastillas, menos protocolos, más presencia y más momentos de calidad.
Sin embargo, y aquí viene lo que te quiero contar, nunca dejé de hacer lo que hago como médico. Seguí revisando la ciencia, los avances, los ensayos clínicos y especialmente los nuevos medicamentos que iban apareciendo para el Alzheimer.
Y había algo que me llamaba profundamente la atención.
A pesar de toda la tecnología, de toda la inversión, de toda la expectativa que generan estos fármacos, cuando uno se sienta a revisar los resultados con calma encuentra que la mejoría real es modesta. Los estudios más recientes muestran reducciones en la progresión del deterioro cognitivo alrededor de un 25 a 35 por ciento en pacientes muy seleccionados y en etapas tempranas. Es decir, no detienen la enfermedad, no la revierten, apenas logran desacelerarla.
Y claro, cuando uno ve esto desde la medicina y desde la experiencia personal, aparece una pregunta incómoda pero inevitable: por qué, con todo lo que sabemos hoy, seguimos logrando tan poco.
Durante años hemos asumido que el Alzheimer es una sola entidad. Que dos personas con el mismo diagnóstico comparten el mismo proceso biológico y, por lo tanto, deberían responder de forma similar a los tratamientos.
La ciencia más reciente, incluyendo análisis respaldados por datos publicados en revistas como Nature, nos está mostrando algo completamente distinto.
El Alzheimer no es una sola enfermedad.
Y esto cambia todo.
En el centro de esta historia aparece un viejo conocido, el gen APOE4, que durante años hemos señalado como un factor de riesgo. Hoy entendemos que no solo aumenta la probabilidad de desarrollar la enfermedad, sino que modifica profundamente cómo se comporta el sistema inmune del cerebro.
Dentro del cerebro existe un sistema de defensa compuesto por células llamadas microglía, que son, en esencia, las células inmunes residentes del sistema nervioso central. Son como el equipo de mantenimiento, limpieza y vigilancia del cerebro: detectan daño, eliminan desechos, responden a infecciones y regulan la inflamación. Pero no son todas iguales. Hoy sabemos que la microglía no es un grupo uniforme, sino una población diversa de células con distintos “roles” según el contexto. Algunos subtipos protegen y reparan, mientras que otros, si se desregulan, pueden amplificar la inflamación y contribuir al daño neuronal. Estudios recientes han demostrado que existen múltiples subtipos con funciones, comportamientos y respuestas diferentes frente al estrés y la enfermedad.
Pero lo realmente revelador aparece cuando se analizan estas respuestas en personas con el gen APOE4 y se separan hombres y mujeres. Las diferencias son profundas. Cambian los genes que se activan, cambian las rutas inflamatorias, cambia la forma en que las células se comunican entre sí.
En otras palabras, lo que estamos llamando Alzheimer puede representar procesos biológicos diferentes dependiendo del paciente.
Y aquí es donde todo empieza a encajar.
Tal vez esos medicamentos que muestran una eficacia del 25 o 30 por ciento no son poco efectivos. Tal vez funcionan muy bien en un grupo específico de pacientes y muy mal en otros. Cuando se mezclan todos en un mismo estudio, el resultado promedio termina siendo discreto y nos da la impresión de que el medicamento no sirve lo suficiente.
Es como evaluar un tratamiento sin distinguir a quién realmente le corresponde. El problema no siempre es la herramienta, a veces es la forma en que la estamos utilizando.
Esto tiene implicaciones enormes. Sugiere que el aparente fracaso de muchos tratamientos en Alzheimer podría no ser un fracaso farmacológico, sino un problema de enfoque. Hemos estado buscando una sola solución para lo que probablemente son varias enfermedades que comparten un nombre.
Y cuando uno regresa a la consulta, esto cobra todo el sentido.
Todos hemos visto pacientes con el mismo diagnóstico que evolucionan de manera completamente distinta. Algunos progresan rápidamente, otros lo hacen más lentamente. Algunos parecen responder mejor a ciertas intervenciones, otros no.
La pregunta entonces deja de ser qué medicamento sirve para el Alzheimer y empieza a transformarse en una mucho más importante: para qué tipo de Alzheimer y para qué tipo de paciente.
Y esto, lejos de ser un problema, es una oportunidad.
Porque si la ciencia logra entender estas diferencias a tiempo, si logramos caracterizar mejor a cada paciente, podríamos dejar de tratar promedios y empezar a tratar personas.
Y, como me enseñó mi madre en esos años es que detrás de cada diagnóstico hay una historia única. Y ahora la ciencia nos está diciendo que, también desde el punto de vista biológico, cada cerebro tiene su propia historia.
Y entenderla a tiempo puede hacer toda la diferencia.
Bibliografía breve para curiosos
Yin Y, Ackermann S, Ma Z, et al.
Sex-specific transcriptional and cellular responses associated with APOE4 in Alzheimer’s disease.
Nature. 2025.
https://www.nature.com/articles/s41586-025-09420-1

