Cuando alguien me dice que necesita “desparasitarse”, mi primera pregunta es qué parásito cree que tiene y por qué. Porque no se adquieren todos de la misma manera, no producen los mismos síntomas y, sobre todo, no existe una obligación de fumigar el intestino cada seis meses. Voy a presentarte los cuatro más comunes y después veremos quién realmente necesita tratamiento.
Ascaris es un huésped con bastante confianza: puede instalarse en el intestino, crecer hasta 35 centímetros y quedarse allí cerca de dos años. La infección ocurre cuando ingerimos sus huevos microscópicos, generalmente a través de manos, agua, frutas o verduras contaminadas con material fecal humano. Y una vez entran, las larvas no van directamente al intestino. No, señor. Se pegan un paseo por el organismo como si hubieran comprado un tour todo incluido, y después regresan al intestino para madurar. La mayoría de las veces pasan desapercibidos, pero cuando llegan muchos, el asunto deja de ser turismo y se convierte en invasión: puede haber dolor abdominal, problemas nutricionales e incluso obstrucción intestinal. Ahí ya no hablamos de un visitante incómodo, sino de una reunión familiar completa sin invitación.
Ascaris, vive en el intestino y puede llegar a medir hasta 35 centímetros y permanecer allí cerca de dos años. La infección ocurre cuando una persona ingiere los huevos microscópicos del parásito, generalmente a través de manos, agua, frutas o verduras contaminadas con tierra que contiene materia fecal humana. Una vez dentro, las larvas hacen un recorrido bastante turístico por el organismo antes de terminar nuevamente en el intestino, donde maduran. La mayoría de las infecciones pasan inadvertidas, pero cuando la cantidad de gusanos es grande pueden aparecer dolor abdominal, problemas nutricionales e incluso obstrucción intestinal.
Los oxiuros son pequeños, pero trabajan de noche. La hembra sale hacia el ano, deposita allí sus huevos lo que produce una picazón intensa. El niño se rasca, los huevos quedan bajo las uñas y, cuando vuelve a llevarse las manos a la boca, el negocio queda perfectamente reinvertido y los excedentes que no se tragó los deja en los juguetes y los objetos que toca para que otros niños lleven al bicho a casa. En el colegio tuve un compañero que vivía rascándose y, con la delicadeza propia de los niños, lo bautizamos “Pica-culo”. Años después, estudiando medicina, entendí que el pobre probablemente no tenía una manía: tenía oxiuros y nosotros ya le habíamos hecho el diagnóstico, aunque con pésima terminología científica..
Las tenias ya juegan en otra categoría, parecen una cinta larga hecha de muchas piezas pegadas unas detrás de otras. Cada una de esas piezas se llama proglótide. Imagínate una cinta métrica formada por muchos rectángulos pequeños: la tenia completa puede medir varios metros (generalmente son más grande que tú) pero lo que la persona a veces ve en la materia fecal no es “el gusano entero”, sino uno o varios de esos segmentos cuadrados, blanquecinos y planos, que se desprenden. Uno se infesta al comer carne contaminada insuficientemente cocida.
Los anquilostomas hacen algo todavía más descarado: no esperan a que uno se los coma. Sus larvas viven en tierra contaminada con materia fecal y pueden atravesar la piel, sobre todo de los pies cuando caminamos descalzos. Entran por allí, viajan por la sangre hasta los pulmones, suben por las vías respiratorias, los tragamos sin enterarnos y terminan instalados en el intestino. Son pequeñas, como una pestaña pero les encanta tu sangre. A veces veo niños con la típica palidez de la anemia y pienso “es niño no estuvo en Transilvania (la tierra del conde Drácula)” posiblemente tiene una banda de Ancylostomas
Ahora viene lo que más me preguntan mis pacientes de 50, 60 o 70 años: “Entonces, Barcha, ¿me desparasito?”. Les digo, oye, vives en una ciudad con buenas condiciones sanitarias, no presentas síntomas ni tienes una exposición especial, no existe una recomendación internacional de tomar un antiparasitario cada seis meses o una vez al año simplemente por cumplir años. La OMS sí recomienda desparasitación periódica sin hacer previamente pruebas, pero como estrategia de salud pública en comunidades donde las parasitosis son endémicas y en grupos definidos de alto riesgo. En otras palabras, a los 60 años no aparece una luz en el tablero diciendo: “próxima desparasitación: 10.000 kilómetros”.
Lo más sensato es buscar parásitos cuando existe una razón para sospecharlos: diarrea persistente, dolor abdominal inexplicado, pérdida de peso, anemia por déficit de hierro sin causa clara, eosinófilos elevados (en determinados contextos), exposición a agua o alimentos contaminados, caminar descalzo sobre suelos de riesgo, convivir con un caso de oxiuros o haber vivido o viajado a una zona endémica. Las guías de enfermedades infecciosas también recomiendan investigar parásitos, por ejemplo, cuando una diarrea después de un viaje dura 14 días o más, en lugar de pedir estudios indiscriminadamente a todas las personas que se sienten bien.
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