Una mirada de lunes
Tu cara lleva la contabilidad
Hace varias semanas, en un congreso de actualización, me encontré con tres compañeros de la facultad. Uno de esos encuentros donde uno saluda feliz, pero por dentro el cerebro enciende el escáner facial sin pedir permiso. Al primero le dije: “¡Manuel, estás igualito!”. Mentira, nadie está igualito después de tantos años, salvo que lo hayan guardado en formol premium. A Roberto lo vi bien, como edificio antiguo con buen mantenimiento. Y con el tercero, sin decirlo en voz alta porque mi imprudencia no está a nivel Trump, pensé: “qué cosa, la vida le cobró intereses de mora”. Ahí me quedó la duda: ¿será que esa mirada humana, medio clínica y medio imprudente, ya la aprendió la inteligencia artificial?
Y, efectivamente, encontré un artículo en Medscape, una revista de actualización médica que hablaba de una herramienta llamada FaceAge, disponible en GitHub, que estima la edad biológica facial a partir de una fotografía. El modelo estaría basado en una tecnología previa llamada FAHR-FaceAge, derivada de FAHR-Face (Foundation Artificial Intelligence Models for Health Recognition), entrenada con más de 40 millones de imágenes faciales para reconocer rasgos asociados con envejecimiento y salud.
En otras palabras, un algoritmo que replica lo que todos hacemos en las reuniones de exalumnos, pero sin fingir emoción, sin abrazo de compromiso y sin decir “oye, ¡te ves igualito!”, mientras por dentro calcula la depreciación facial acumulada. La idea de fondo es poderosa: usar una señal visible del cuerpo para estimar, en segundos, procesos biológicos internos que normalmente no vemos
El ejemplo más sabroso del artículo es Barack Obama. En una foto poco antes de su posesión presidencial en 2009, tenía 47 años, pero FaceAge estimó que su cara parecía de 51,3. Siete años después, hacia el final de su presidencia, tenía 54 años cronológicos, pero el algoritmo calculó una edad facial de 61,5. Es decir, en 7 años reales, su rostro habría envejecido 10,2 años. Al dividir ese cambio facial entre el tiempo transcurrido, el resultado fue una velocidad de envejecimiento facial de 1,45. En lenguaje de comadre: por cada año de calendario, la presidencia le cobró casi año y medio de cara al pobre muchacho. Y, claro, uno que está casado lo entiende!

En Obama, FaceAge pasó de 51,3 a 61,5 años, es decir, su cara “envejeció” 10,2 años según la IA. Como entre las dos fotos pasaron 7 años reales, el cálculo fue 10,2 dividido entre 7: una velocidad de envejecimiento facial de 1,45 (por cada año real envejecía 1,4 años)
Pero lo verdaderamente importante no es Obama ni el susto que nos puede dar una selfie tomada con mala luz de baño. El estudio central al que se refiere el artículo de Medscape se titula “Face aging rate quantifies change in biological age to predict cancer outcomes”, fue publicado en Nature Communications y analizó fotografías seriadas de 2276 pacientes con cáncer que estaban recibiendo radioterapia.
Los investigadores calcularon el Face Aging Rate y encontraron que una mayor velocidad de envejecimiento facial se asociaba con menor supervivencia. Esto no significa que mañana un oncólogo va a decir: “La resonancia del abdomen está muy bien, pero la selfie me preocupa”. Tampoco significa que una aplicación de internet pueda reemplazar al médico. Traduce que la cara podría reflejar procesos internos como inflamación, fragilidad, pérdida muscular, malnutrición, estrés biológico o carga de enfermedad.
La IA no inventa la mirada clínica, la convierte en un número para que tu médico lo consigne en la historia clínica.
Bibliografía para curiosos:
Wilson FP. “You Haven’t Aged a Day”: Quantifying the Prognostic Value of Facial Aging. Medscape, abril de 2026.
Haugg F, Lee G, He J, Warrington A, Bontempi D, Bitterman DS, Catalano PJ, Prudente V, Pai S, Guthier C, Kann BH, Aerts HJWL, Mak RH. Face aging rate quantifies change in biological age to predict cancer outcomes. Nature Communications. 2026;17:3487. doi:10.1038/s41467-025-66758-w.
de goditos y dietas
Del futuro de la dieta

Si alguna vez tuviste que acudir al mercado de la dietas para bajar algo de peso, no olvidarás la procesión de siempre: la dieta del limón, la del apio deprimido, la carnívora con cara de asado eterno, la vegana militante, la baja en grasa, la alta en grasa, la del desayuno prohibido y la del “no comas después de las 6 porque el arroz se convierte en villano nocturno”.
El paciente hacía el esfuerzo, bajaba unos kilos, luego el cuerpo activaba su departamento jurídico metabólico, recuperaba peso y encima quedaba con culpa, como si hubiera traicionado a la patria por comerse una arepa. Pero podríamos estar viendo el final de la era de las dietas como gran negocio de la obesidad. No porque comer bien no importe, sino porque los actuales medicamentos contra la obesidad, como los agonistas incretínicos tipo GLP-1 y los que vienen detrás, están logrando pérdidas de peso promedio que superan el 20% y podrían acercarse al 30% con los de nueva generación.
Y aquí viene la parte divertida: algunos defensores de las dietas milagrosas han entrado en modo telenovela metabólica. Primero dicen: “eso es una moda”. Luego: “eso es peligrosísimo”. Después: “mi método hace lo mismo, pero natural”. Y finalmente aparece el curso premium: “cómo usar estos medicamentos sin desconectarte de tu ancestralidad mitocondrial”.
Pero la conclusión seria clara: la obesidad no puede seguir tratándose como un concurso del que más baje de peso en 7 días. Es una enfermedad crónica, compleja, biológica y profundamente influida por hormonas, cerebro, ambiente, genética, sueño, músculo, medicamentos y conducta. La comida sigue importando, el ejercicio sigue importando, dormir sigue importando, hacer fuerza sigue importando. Pero quizá lo que sí debe jubilarse, y ojalá sin fiesta de despedida, es la cultura de la dieta milagrosa, esa que prometía salvación eterna con menús imposibles y frases motivacionales escritas por alguien que aparentemente nunca ha pasado con hambre frente a una panadería a las 6 de la tarde.
cosas de uno
Hábitos curiosos

Varias veces lo he comentado, cuando trato de completar mi meta de pasos diarios, muchas veces termino en el centro comercial más cercano. No voy exactamente a comprar, aunque uno siempre corre el riesgo de entrar “solo a mirar” y salir con un hoodie que no necesitaba, pero que curiosamente el cerebro logra justificar en menos de ocho segundos.
Durante la caminata hago algo que probablemente suena medio psico, aunque en mi defensa lo llamo “observación clínica con aire acondicionado”. Observo a las personas que caminan frente a mí, las que vienen en sentido contrario, las que van con afán, las que parecen perdidas, las que caminan como si el mundo les debiera una explicación, y las que avanzan mirando el celular con una confianza en la vida que ningún ensayo clínico podría justificar. Y entonces empiezo a preguntarme: ¿qué hacen?, ¿qué les preocupa?, ¿qué historia llevan encima?, ¿qué intereses tienen?, ¿qué dolores cargan?, ¿qué alegrías los sostienen?
En el fondo, sigo haciendo la recomendación que me dio un profesor durante mi entrenamiento en el internado hospitalario: “Barcha, observa. Mira cómo entra el paciente, cómo se sienta, cómo camina, cómo respira, cómo mira. Ese es el mejor entrenamiento para tu futuro ojo clínico”. Con los años entendí que mi profesor no me estaba invitando a adivinar enfermedades en los pasillos. Me estaba enseñando a mirar mejor.
Así como intento mantenerme al día en los avances médicos de mi área, leyendo estudios, revisando guías y tratando de que el cerebro no se me vuelva un archivo PDF empolvado, también creo que esas observaciones aparentemente simples en el centro comercial alimentan mi intuición clínica, que no es más que la experiencia acumulada, la memoria de muchos pacientes, los patrones que el cerebro aprendió a reconocer y las pequeñas pistas que se organizan antes de que uno pueda explicarlas completamente. Es como cuando una abuela mira una olla y dice: “a eso le falta sal”, sin medir sodio, cloro ni hacer un metaanálisis de la sopa. En medicina pasa algo parecido, pero con más responsabilidad y menos cilantro.
Uno ve una palidez distinta, una forma de respirar, una pérdida de fuerza, una mirada ansiosa, una marcha insegura, una expresión apagada, una manera extraña de levantarse de la silla, y el cerebro dice: “doctor, revise esto con más cuidado, que aquí la película no está completa”. No siempre se trata de una enfermedad grave, claro. A veces la persona solo durmió mal, discutió con el banco, se comió algo sospechoso o está estrenando zapatos que ya declararon guerra contra los dedos. Pero otras veces, esos detalles pequeños son la primera pista de algo importante.
Y tal vez por eso, mientras sigo caminando en el centro comercial viendo pasar personas frente a mí, recuerdo a aquel profesor. Cada cuerpo lleva una historia escrita en voz baja. Los médicos aprendemos, con los años, a leer algunas líneas. No todas. Pero sí las suficientes para detenernos, mirar mejor y no dejar que una pista importante se vaya caminando por la acera como si nada
💬 de Youtube
los 2 videos de esta semana
Esta semana publiqué dos videos, uno trata sobre aquellos casos en los que la persona tiene la glucosa elevada en ayunas y después del desayuno ocurre una caída brusca (paradójica) de la glucosa en sangre.
El otro trata de una de las consultas más frecuente que vemos en el consultorio: las “infecciones” urinarias recurrentes.
Hasta el próximo domingo,
Barcha




