La Impaciencia,
El mal genio y los infartos

El lunes atendí a Carolina, una hermosa mujer de 52 años, quien se quejaba porque su novio «nuevo» era terriblemente impaciente y temía que le diera un infarto. “Barcha, ese hombre se molesta por cualquier cosa. No es como tú, que eres tan lindo y tranquilo”, me dijo. Naturalmente, recibí el cumplido con la humildad que me caracteriza y durante tres días consideré incluirlo en mi hoja de vida. Le pregunté si su novio siempre había tenido ese carácter o si se trataba de un defecto que había aparecido después de la compra. Me contó que siempre se irritaba con los meseros, discutía con los conductores, protestaba por las filas y hasta se enfurecía cuando el ascensor demoraba unos segundos. Le dije que antes de devolverlo al fabricante por defectos de temperamento, convenía averiguar si todavía tenía garantía. Estuve a punto de sugerirle que, mientras tramitaba la devolución, podía tenerme en cuenta en la próxima convocatoria para ocupar el cargo de novio. Pero justo cuando iba a presentar mi candidatura, recordé, con profundo pesar, que yo ya estaba comprometido. ¡Una verdadera lástima! Porque, modestia aparte, después de semejante recomendación de Carolina, tenía posibilidades de ganar el concurso por méritos.

Bueno, regresando a la inquietud de Carolina, resulta que nuestras abuelas, que no habían estudiado cardiología pero tenían un doctorado en regaños familiares, no estaban tan equivocadas. Una investigación internacional llamada INTERHEART, que estudió a más de 12.000 personas que sufrieron un infarto, encontró que experimentar un episodio de rabia o una alteración emocional intensa durante la hora anterior se asociaba con aproximadamente 2,4 veces las probabilidades de sufrir un infarto en comparación con otros momentos. Ajá, ¿y por qué podría ocurrir? Porque cuando nos enfurecemos, el organismo activa su sistema de alarma: libera adrenalina, acelera el corazón, aumenta la presión arterial y puede favorecer la contracción de las arterias y otros cambios que, en personas susceptibles, facilitan un evento coronario. El riesgo es especialmente preocupante en quienes ya tienen enfermedad cardiovascular o factores de riesgo importantes (hipertensión, diabetes, obesidad, tabaquismo, etc,). Así que, si eres de los que se enfurecen porque el semáforo cambió antes de tiempo, el mesero se demoró dos minutos o tu pareja dejó destapada la crema dental, tal vez convenga revisar ese temperamento. Porque una cosa es tener un carácter fuerte y otra muy distinta es poner al corazón a trabajar horas extras por cualquier pendejada.

Carolina se preocupaba por el corazón de su novio, pero le insistí en que también debía cuidar el suyo, porque convivir con semejante personaje no parecía precisamente una receta para la tranquilidad. Y le recordé que en el mercado del usado todavía se consiguen buenos ejemplares, como yo, lindos y tranquilos, que no pelean con los ascensores y que requieren muy poco mantenimiento emocional.

Bibliografía para curiosos

Smyth A, O'Donnell M, Lamelas P, Teo K, Rangarajan S, Yusuf S, et al. Physical Activity and Anger or Emotional Upset as Triggers of Acute Myocardial Infarction: The INTERHEART Study. Circulation. 2016;134(15):1059–1067.

El ejercicio!
¿No tienes tiempo para hacer ejercicio? ¡Hay mucha evidencia sobre las meriendas musculares!

“Doctor, yo quisiera hacer ejercicio, pero no tengo tiempo”. Curiosamente, muchas veces me lo dice alguien que acaba de contarme, con lujo de detalles, los últimos acontecimientos de una serie de televisión de 80 capítulos. Pero tengo una buena noticia para quienes consideran que ir al gimnasio requiere más organización que un matrimonio: la ciencia está demostrando que pequeñas dosis de ejercicio distribuidas durante el día también pueden producir importantes beneficios para la salud.

Los investigadores las llaman exercise snacks, que podríamos traducir como “meriendas de ejercicio”. Y no, no se trata de hacer abdominales mientras te comes una empanada. Consisten en pequeñas sesiones de movimiento, de uno a cinco minutos, varias veces durante el día. Por ejemplo, levantarte de la silla y caminar, subir unas escaleras, hacer algunas sentadillas o caminar rápidamente por el pasillo. Es decir, lo que hago en mi actividad: saludo, me siento y escucho los síntomas, me levanto y examino al paciente en la camilla, me siento, escribo, lanzo un chiste, me levanto y explico como hacer una sentadilla ucraniana, etc.

En un estudio publicado hace poco, 31 personas con diabetes tipo 2 realizaron cuatro sesiones de apenas un minuto de ejercicio vigoroso al día durante dos días. ¿El resultado? Mejoraron modestamente el control de la glucosa después de las comidas y redujeron sus fluctuaciones en comparación con los días en que no hicieron ejercicio. ¡Cuatro minutos! Menos de lo que demora uno tratando de recordar dónde dejó los lentes. En otra investigación, 30 mujeres jóvenes con sobrepeso u obesidad realizaron durante ocho semanas la misma cantidad semanal de ejercicio intenso, pero unas lo hicieron en sesiones de tres minutos o menos y otras en entrenamientos tradicionales de 25 minutos. Ambos grupos mejoraron su condición física, composición corporal y algunos indicadores cardiovasculares, sin diferencias significativas entre ellos.

Y ahora viene una noticia especialmente buena para quienes hemos pasado de los 50 y empezamos a sospechar que las rodillas tienen opiniones propias. Las sesiones cortas también pueden resultar más tolerables para algunas personas con problemas articulares. En personas con artrosis de rodilla, caminar tres veces durante quince minutos produjo menos dolor que hacerlo durante 45 minutos seguidos, manteniendo beneficios cardiovasculares similares. Por supuesto, estos pequeños ejercicios no sustituyen necesariamente las recomendaciones generales de actividad física: unos 150 minutos semanales de actividad moderada y ejercicios de fuerza al menos dos días a la semana. Tampoco sabemos todavía si todos sus beneficios se mantienen durante años. Pero sí tenemos razones para dejar de pensar que el ejercicio solamente sirve cuando terminamos sudando como si hubiéramos corrido una maratón en Barranquilla a las dos de la tarde. Si llevas mucho tiempo sentado, levántate, camina, sube unas escaleras o haz algunos movimientos adecuados a tu condición física. Si tienes enfermedades cardiovasculares o limitaciones importantes, consulta antes de comenzar ejercicios intensos. Mi propuesta es sencilla: incorpora pequeñas meriendas de movimiento durante el día. Y cuando alguien te pregunte si estás haciendo ejercicio, puedes responder con absoluta seriedad: “Por supuesto. Estoy haciendo cinco meriendas diarias”.

de terapias complementarias
La música también es medicina. ¡Y esta receta sí provoca repetirla!

Imagínate que vienes al consultorio con dolor, ansiedad, problemas para dormir y una cara de pocos amigos. Te escucho, te examino, reviso tus medicamentos y, de pronto, te pregunto: “¿Ajá, qué prefieres, una buena salsa o un vallenato?”. Seguramente pensarías a Barcha se le corrió la teja o está organizando una parranda. Pero resulta que la música está encontrando un lugar cada vez más interesante dentro de la medicina. Una revisión de octubre de 2026 describe diez áreas de la atención médica en las que se están estudiando sus beneficios, desde la ansiedad y el dolor hasta el párkinson, la depresión y la rehabilitación después de un accidente cerebrovascular.

¿Y qué tiene de especial la música? Que cuando escuchamos o bailamos una canción que nos encanta, el cerebro pone a trabajar simultáneamente regiones relacionadas con la memoria, las emociones, el movimiento y el placer. Incluso libera dopamina, una sustancia relacionada con la motivación y la sensación de recompensa. Por eso hay canciones capaces de transportarnos cuarenta años atrás, recordarnos el primer amor y hasta hacerme sonreír al recordar a aquella novia que me dejó plantado cuando descubrió que la chica que yo comencé a coquetar era nadie menos que la hermana de su mejor amiga. ¡Una coincidencia desafortunada! Y pensar que yo creía que estaba ampliando mi círculo de amistades en la facultad de odontología. La música no rejuvenece el cerebro cuarenta años, pero a veces consigue que uno se sienta de veinte, con todas las ilusiones y algunas de las locuras de aquella época. Y si suena una buena salsa, hasta las rodillas parecen olvidar la fecha de nacimiento. Aunque al día siguiente, cuando intentamos levantarnos de la cama, se encargan de recordárnosla con una precisión admirable.

Lo más bonito es que esto no se queda solamente en recuerdos felices. La investigación está encontrando beneficios concretos en pacientes con diferentes enfermedades. Una revisión de 30 estudios, con 1.720 personas con demencia, encontró que las intervenciones musicales podían reducir los síntomas depresivos, aunque no demostraron una mejoría clara de la agitación. En personas con párkinson, determinados ritmos ayudan a organizar los pasos, mejorar la velocidad de la marcha y mantener un caminar más regular. El cerebro utiliza el ritmo externo como una especie de metrónomo que le ayuda a coordinar los movimientos. Claro que una cosa es caminar siguiendo un ritmo y otra pretender que el paciente salga del consultorio bailando salsa caleña con tres vueltas y una levantada de pareja. También se han encontrado beneficios en la ansiedad. Una revisión de 20 ensayos clínicos, con 2.242 pacientes sometidos a procedimientos quirúrgicos, encontró que aproximadamente uno de cada cuatro pacientes que escuchaban música experimentaba una reducción clínicamente importante de la ansiedad. Eso sí, escuchar vallenatos de despecho después de una separación puede tener resultados emocionales muy distintos. La ciencia todavía no ha establecido, por ejemplo, cuántas canciones de Diomedes Díaz se necesitan para superar una tusa.

Además, no todas las melodías producen el mismo efecto. Una investigación encontró incluso que escuchar determinadas interpretaciones de piano podía elevar transitoriamente la presión arterial, lo que nos recuerda que la música no siempre relaja: también emociona, estimula y entusiasma. Y ahí está precisamente parte de su encanto. Mi recomendación es que recuperes aquellas canciones que te hacen feliz, las que te recuerdan buenos momentos, te invitan a cantar o te ponen a mover los pies debajo de la mesa. Compártelas con tu pareja, tus amigos o tus padres. Y si puedes bailar, mejor todavía, porque estarás combinando música, movimiento y compañía. La música no cura todas las enfermedades, pero puede hacer más llevaderos algunos de sus síntomas y regalarnos momentos maravillosos. Así que pon esa salsa que te gusta, rescata aquel vallenato que sabes de memoria y disfruta.

Bibliografía para curiosos

van der Steen JT, et al. Music-based therapeutic interventions for people with dementia. Cochrane Database of Systematic Reviews. 2025;3:CD003477.

Effects of Rhythmic Auditory Stimulation Using Sensory Feedback-Based Wearable Devices on the Gait and Balance in Patients with Parkinson’s Disease: A Systematic Review and Meta-Analysis. Brain Sciences. 2026;16(4):359.

de DESPISTADOS
¿Por qué metemos la pata? Tu cerebro tiene una explicación y es bastante divertida

¿Alguna vez has entrado a la cocina buscando el celular y has terminado abriendo la nevera sin recordar qué demonios ibas a buscar? ¿O has llamado a tu esposa por el nombre de tu hija, al perro por el nombre de tu esposa y, finalmente, has decidido no llamar a nadie para evitar problemas familiares? Tranquilo, porque la ciencia acaba de descubrir algo fascinante sobre nuestros errores mentales. Un estudio publicado en octubre de 2026 en la revista Nature Neuroscience encontró que algunas equivocaciones que cometemos cuando intentamos manejar varias cosas al mismo tiempo no son simples despistes ni necesariamente señales de que nos estén fallando las neuronas. Los investigadores estudiaron a más de 200 personas y también registraron la actividad cerebral de monos mientras realizaban tareas visuales. Descubrieron que, cuando tenemos que procesar información diferente y existe cierta incertidumbre, las señales de distintas tareas pueden mezclarse dentro del cerebro. Los científicos llaman a esto interferencia de características. Para entendernos, imagina una oficina donde un empleado organiza las facturas, otro prepara los informes y un tercero atiende el teléfono. Todo funciona perfectamente hasta que comienzan a intercambiar papeles y el informe de contabilidad termina incluyendo la lista del mercado. ¡No faltaban empleados, sobraba conversación entre departamentos! Algo parecido parece suceder en nuestro cerebro. Y lo más curioso es que los errores no ocurrían completamente al azar: seguían patrones que los investigadores podían identificar. Es decir, hasta para equivocarnos tenemos cierta organización. ¡Qué maravilla de empresa!

Pero aquí viene lo verdaderamente útil. El cerebro necesita tiempo para cambiar de una tarea a otra, especialmente cuando ambas exigen concentración. Por eso, pretender responder un mensaje, escuchar las noticias, revisar una factura y discutir con tu pareja sobre quién dejó encendida la luz puede terminar en una catástrofe doméstica perfectamente explicable por la neurociencia. Los investigadores sugieren que dejar pequeños intervalos entre actividades podría ayudar a reducir esa interferencia. Por ejemplo, terminar una tarea, ordenar un poco el escritorio, caminar unos momentos o simplemente hacer una pausa antes de comenzar otra. No significa que exista una receta infalible para evitar equivocaciones, pero sí una razón para dejar de exigirle al cerebro que se comporte como si tuviera ocho brazos. Y algo importante: estos hallazgos no demuestran que los olvidos cotidianos sean siempre consecuencia de este mecanismo ni permiten descartar problemas de memoria. Si las dificultades son frecuentes, progresivas o afectan tu vida diaria, merecen una evaluación médica. Mientras tanto, mi recomendación es sencilla: intenta hacer una cosa a la vez. Y si vuelves a encontrar el control del televisor dentro de la nevera, antes de acusar al alzhéimer, revisa cuántas cosas estabas haciendo simultáneamente. Mira, si también encuentras allí el libro “La casa grande”, el libro de Cepeda Samudio que yo estaba releyendo, me avisas. Ni en mi nevera ni en la lavadora aparecen.

Bibliografía para curiosos

Xue C, Markman SK, Chen R, Kramer LE, Cohen MR. Feature interference underlies a neuronal basis for the behavioral cost of task uncertainty. Nature Neuroscience. 2026. Publicado el 10 de septiembre 2026

Wood M. Feature interference: Why your brain struggles with uncertain tasks. University of Chicago. 16 de septiembre de 2026.

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Barcha