Notas

Hola, soy Barcha.
En esta newsletter te comparto cinco reflexiones clínicas

  • 🧪 Los exámenes que faltan cuando todo “sale normal”: inflamación silenciosa, riesgo genético y daño temprano .

  • 🫀 Mayores infartos en vacaciones?, y por qué el cuerpo no entiende de calendarios ni de descanso programado.

  • 🎯 Prudencia vs audacia: si la evolución premió a los cautelosos, ¿por qué los audaces muchas veces se llevan el premio en la vida moderna?

  • 🥄 Aceites de semillas : cuando lo “vegetal” no siempre juega a favor,

del canal en Youtube
Exámenes para revisar con tu médico

Déjame adivinar.
Hace poco, abriste tus exámenes, viste varios “OK”, respiraste tranquilo… y seguiste con tu vida.
Si es así, este mensaje es para ti.

Porque en consulta veo algo repetirse una y otra vez: personas de 45 años saludables o personas con prediabetes o diabetes o hipertensión arterial o hígado graso, responsables, juiciosas, que caminan, que se cuidan… y aun así cargan riesgos que no aparecen en los exámenes habituales. No porque alguien haya hecho algo mal, sino porque faltaron exámenes clave.

En el video que acabo de subir a mi canal te muestro los 5 exámenes que con más frecuencia se quedan por fuera, esos que ayudan a entender infartos “inexplicables”, daño renal que aparece aun con creatinina normal y ese tranquilizador “tu colesterol está bien” que, visto con calma, en realidad estaba incompleto.

Son los exámenes que permiten detectar a tiempo inflamación crónica de bajo grado que va dañando en silencio… o incluso una bomba de tiempo cardiovascular heredada que nadie había buscado.


Reflexiones
¿Por qué a algunos les da un infarto justo en vacaciones?

Como no tuve vacaciones este fin de año —ni playa, ni chanclas, ni despertar a las 9 am— y además tuve el raro privilegio de una agenda más holgada, hice lo que suele hacer un médico en esas circunstancias: leer estudios “ociosos”.
Porque mientras medio mundo estaba en bermudas, chanclas y protector solar, yo estaba en PubMed… con café, claro, que eso también cuenta como ocio médico

Y me encontré con algo curioso: los infartos no siempre respetan el calendario vacacional. Es más, en algunos casos, parecen tener muy mal sentido del humor.

Resulta que varios estudios muestran que los infartos aumentan en ciertos periodos que asociamos con descanso. Por ejemplo, en Navidad y Año Nuevo el riesgo sube alrededor de un 7 a 15 % comparado con días normales. Justo cuando uno se supone que está “relajado”.
Claro… relajado, pero comiendo más, durmiendo peor, tomando más alcohol, deshidratado, viajando, estresado por aeropuertos, suegros y discusiones familiares. Relax, lo que se dice relax, no tanto.

Otro dato interesante: cuando el infarto ocurre durante vacaciones, muchas veces pasa en los primeros dos días. No al final, no cuando ya estás bronceado, sino al arrancar. Como si el cuerpo dijera:
“¿Cambio brusco de rutina, exceso de comida, caminatas intensas de golpe y cero medicamentos? Perfecto, ahora sí colapso”.

Y aquí viene algo contraintuitivo: no todas las vacaciones son iguales. En países donde el verano es realmente descanso —como julio en Europa— incluso se ha visto menos infartos que el promedio. O sea, el problema no es la vacación… es cómo llegamos a ella.

¿Y al regresar de vacaciones?
No hay un gran titular tipo “infartos el lunes después del viaje”, pero sí sabemos que el estrés, el desorden metabólico y el “ya después me reviso” pasan factura. El cuerpo no hace corte de caja el 31 de diciembre; lo hace cuando ya no puede compensar más.

Todo esto refuerza una idea que repito mucho:
👉 el infarto casi nunca es de un día para otro.
Es el resultado de un proceso largo, silencioso y acumulativo, que puede explotar justo cuando uno cree que todo está bien… o cuando por fin se detuvo.

Así que no, no escribo esto para decirte “no viajes” o “no descanses”. Todo lo contrario.
Lo escribo porque el cuerpo necesita coherencia, no solo vacaciones.

Bibliografía

  • Keller MC, et al.
    Stress-related psychosocial factors and acute myocardial infarction during vacation travel.
    Psychosomatic Medicine. 2002;64(4):615–622.
    Mohammad MA, et al.
    Christmas holiday and weekend effects on the risk of myocardial infarction.
    BMJ. 2018;363:k4811.
    → Registro nacional sueco: demuestra un aumento significativo de infartos durante Navidad y Año Nuevo, comparado con días no festivos.

  • Kloner RA.
    The “holiday heart” phenomenon.
    American Journal of Cardiology. 2000;86(6):19–22.
    → Describe cómo el exceso de alcohol, comidas copiosas, deshidratación y estrés emocional durante festivos puede desencadenar infartos y arritmias.

  • Spencer FA, et al.
    Triggering of acute myocardial infarction by heavy physical exertion and emotional stress.
    New England Journal of Medicine. 1998;338:1676–1683.
    → Explica cómo los estresores agudos (físicos y emocionales), frecuentes en viajes y celebraciones, pueden actuar como disparadores finales de un infarto en personas vulnerables.

de la evolución
🔥 Prudentes, audaces… y por qué los segundos a veces se llevan el premio

Desde el punto de vista de la evolución humana, la historia parece clara: sobrevivieron los prudentes. Los que desconfiaban del ruido extraño, los que no se acercaban demasiado al borde del acantilado, los que pensaban dos veces antes de cazar presas grandes. La amígdala —esa alarma cerebral siempre lista— estaba afinada para detectar peligro y activar el freno. Cortisol arriba, corazón rápido, cuerpo en modo “mejor no”. Gracias a eso, la especie llegó hasta aquí. Hasta ahí, todo ordenado, lógico y muy sensato.

Pero entonces miramos el mundo actual… y algo no cuadra del todo. Porque, curiosamente, muchas veces son los audaces los que avanzan más rápido, los que cambian de rumbo, los que emprenden, los que se lanzan cuando otros aún están calculando. Y uno se pregunta: si la evolución premiaba la prudencia, ¿por qué seguimos viendo que la audacia, en ciertos contextos, paga tan bien?

La clave está en que la evolución no buscaba éxito, buscaba no morir. No necesitabas conquistar el mundo; necesitabas llegar vivo al día siguiente y, ojalá, reproducirte (eso es el éxito para la biología). La amígdala y el cortisol están diseñados para minimizar pérdidas, no para maximizar ganancias. Son excelentes para evitar errores catastróficos, pero bastante malos para detectar oportunidades excepcionales. En otras palabras: el cerebro primitivo juega a no perder… aunque eso signifique no ganar.

La audacia entra en escena cuando el riesgo deja de ser inmediato y letal. En un entorno relativamente seguro —sin depredadores, con comida disponible y leyes que impiden que te coma el vecino— algunos individuos pueden permitirse bajar un poco el volumen de la alarma. No es que su amígdala no funcione; funciona perfectamente. La diferencia es que la corteza prefrontal, esa parte del cerebro encargada de evaluar contexto, anticipar consecuencias y pensar a largo plazo, logra sentarse a conversar con ella. La amígdala dice “cuidado”, la corteza responde “entiendo, pero no es un tigre”. Y en ese diálogo aparecen decisiones que no son completamente seguras, pero sí potencialmente transformadoras.

Eso sí, la audacia no es valentía ciega. Los audaces que realmente prosperan no son los que ignoran el miedo, sino los que aprenden a convivir con él. Los que sienten la activación, el cortisol, la duda… y aun así avanzan con cierto cálculo. La evolución nos dio frenos muy buenos; el mundo moderno exige aprender cuándo soltarlos un poco. El problema no es ser prudente ni ser audaz. El problema es vivir permanentemente gobernado por una amígdala que cree que todo es una amenaza… o por una audacia que no mide consecuencias. Como casi todo en biología —y en la vida— el equilibrio suele ser la jugada más inteligente.

Bibliografía

  • McEwen BS.
    Protective and damaging effects of stress mediators.
    New England Journal of Medicine. 1998;338:171–179.
    → Clásico fundamental sobre cortisol, estrés crónico, cerebro y daño sistémico.

  • Arnsten AFT.
    Stress signalling pathways that impair prefrontal cortex structure and function.
    Nature Reviews Neuroscience. 2009;10:410–422.
    → Explica cómo el estrés y el cortisol silencian la corteza prefrontal y dejan a la amígdala “al mando”, afectando decisiones, impulsividad y control.

de la cocina
Aceites de semillas: cuando el problema no es la semilla… sino la fiesta que armamos con ella

Durante años nos vendieron una idea muy tranquilizadora: “si viene de una planta, es sano. Y así, sin mayor interrogatorio, entraron a la cocina —y sobre todo a la fritanga— los aceites de semillas: maíz, soya, girasol, canola, cártamo… todos con envases verdes, espigas dibujadas y promesas de corazón feliz. El cuerpo humano, sin embargo, no se guía por marketing. Se guía por química. Y ahí empiezan los matices incómodos.

Estos aceites son muy ricos en omega-6, especialmente ácido linoleico. Y aclaremos algo importante antes de que alguien me escriba indignado: el omega-6 no es malo, es esencial. El problema es que en la dieta moderna no está “presente”… está desbordado. Está en los fritos, en los ultraprocesados, en las galletas “fit”, en las salsas, en los restaurantes y en casi todo lo que no cocinas tú. Resultado: el omega-6 pasó de ser un invitado educado a tomarse la casa, subir el volumen y no dejar dormir al omega-3.

Ahora, hablemos de algo fascinante y poco explicado: las paredes de tus células. Cada célula de tu cuerpo tiene una membrana hecha, en buena parte, de grasa. Esa grasa no es decorativa: define cómo entra la glucosa, cómo salen las señales, cómo responde la célula a la inflamación. Cuando esa membrana está cargada de omega-6, se vuelve más proinflamatoria. Cuando hay suficiente omega-3, la membrana es más estable, flexible y “antinflamatoria”. No es poesía, es bioquímica.

¿Y qué tiene que ver esto con el corazón? Mucho. Un exceso de omega-6 y déficit de omega-3 en las membranas se asocia con mayor inflamación vascular, mayor inestabilidad eléctrica del corazón y más riesgo de arritmias. El omega-3, en cambio, ayuda a estabilizar las membranas de las células cardíacas, reduce la excitabilidad excesiva y actúa como ese amigo calmado que baja el drama en una reunión familiar. No evita todos los problemas, pero pone orden.

A esto súmale cómo se fabrican muchos aceites de semillas: altas temperaturas, procesos industriales intensos y solventes químicos. El resultado puede ser grasa oxidada. Y la grasa oxidada, cuando entra al cuerpo, no llega a “nutrir”, llega a irritar. Irrita las arterias, aumenta estrés oxidativo y le da más trabajo al sistema inflamatorio. Dicho en simple: no es lo mismo grasa fresca que grasa recalentada industrialmente antes de llegar a tu sartén.

¿Significa esto que si usas aceite de girasol una vez te va a dar un infarto? No. Tranquilidad. El problema no es el uso ocasional, es el patrón diario. Cuando la base grasa de tu alimentación son aceites de semillas industriales y casi no hay omega-3 (pescado, nueces, aceite de oliva extra virgen), el cuerpo empieza a funcionar en modo inflamación crónica silenciosa. No duele, no avisa… pero se acumula. Como los intereses de la tarjeta.

En consulta, por eso, no hablo de prohibiciones, hablo de equilibrio. Menos aceites de semillas como base cotidiana, más grasas estables y menos castigadas: aceite de oliva extra virgen, aguacate, frutos secos, mantequilla y, sobre todo, más omega-3 real, no el que promete la etiqueta, sino el que llega a la membrana celular y hace su trabajo.

En resumen: los aceites de semillas no son veneno, pero tampoco son inocentes. El problema no es una gota, es la piscina. Y como casi todo en metabolismo, el riesgo no está en lo espectacular, sino en lo repetido, lo cotidiano y lo que nadie cuestiona porque “siempre se ha usado así”.

Bibliografía

  • Bhattacharya A, et al.
    Omega-6 fatty acids and inflammation: from membrane composition to cardiovascular risk.
    Prostaglandins, Leukotrienes and Essential Fatty Acids. 2014;91:1–12.
    → Revisión clara sobre cómo el exceso de omega-6 altera membranas celulares, inflamación y riesgo cardiovascular.

  • Albert CM, et al.
    Blood levels of long-chain n-3 fatty acids and the risk of sudden death.
    New England Journal of Medicine. 2002;346:1113–1118.
    → Estudio clave sobre omega-3, estabilidad eléctrica del corazón y reducción del riesgo de arritmias fatales.

Hasta el próximo sábado,
Barcha