📰 dudas y temores

Hola, soy Barcha.
Hoy quiero hablarte de tres dudas que valen la pena: lo que la vitamina D todavía no ha demostrado, la enfermedad que más miedo me producía cuando era estudiante de medicina, y la historia de un paciente que encontró una forma inesperada de ahorrar dinero mientras bajaba de peso.

PREGUNTA INCÓMODA
Vitamina D: ¿para qué diablos la estamos midiendo?

Cardiología la mide, endocrinología la mide, ginecología la mide y los médicos de atención primaria la medimos. Aparece en 22 ng/mL y enseguida comienza la persecución: “hay que llevarla a 30”, otro médico prefiere 40 y alguno queda feliz cuando pasa de 50. Pero ¿existe evidencia de que medir vitamina D en una persona sana y llevarla hasta un número determinado mejore su salud? Hasta hoy, no. El ensayo VITAL, publicado en 2019, estudió 25.871 personas, les administró 2.000 UI diarias de vitamina D3 o placebo durante 5,3 años y no encontró reducción de cáncer ni de eventos cardiovasculares; un análisis posterior tampoco mostró menos fracturas. Por eso, en 2024, la Endocrine Society cambió el libreto: recomienda no medir rutinariamente la vitamina D en personas sanas y reconoce que no tenemos evidencia para perseguir un nivel sanguíneo “óptimo” determinado. Claro que se mide cuando existe una indicación clínica establecida. Y aquí viene lo curioso: la misma guía considera que algunos grupos (mayores de 75 años, embarazadas, niños, adolescentes y personas con prediabetes de alto riesgo) pueden beneficiarse de suplementación, pero sin recomendar medirles rutinariamente la vitamina D antes ni perseguir después un numerito. Así que por eso cuando veo una vitamina D en 25 y tengo unas ganas irresistibles de convertirla en 35, me pregunto primero: ¿estoy tratando al paciente… o estoy tratando el resultado del laboratorio?

DE ENFERMEDADES
Mi mayor temor a los 21

Durante mi formación como médico, mis compañeros y yo hacíamos un ejercicio que nadie nos había puesto como tarea: de todas las enfermedades que veíamos a diario en los pacientes hospitalizados, ¿cuál no quisiéramos tener jamás? Yo le tenía miedo a la leucemia. Mucho. La palabra llevaba pegadas imágenes de quimioterapia, transfusiones, infecciones, largas hospitalizaciones y un pronóstico que muchas veces no queríamos preguntar. Hace un mes, precisamente, le contaba eso a Hernando, un odontólogo vecino de consultorio a quien me encontré en la cafetería, había sido diagnosticado recientemente de leucemia mieloide crónica (LMC). En esta leucemia existe una alteración genética, el famoso cromosoma Filadelfia, que produce una proteína anormal llamada BCR-ABL. Imagínala como un interruptor que se atasca y ordena fabricar células sanguíneas sin parar. Durante años el tratamiento era controlar las consecuencias, hasta que apareció una idea mucho más elegante: en vez de dispararle a todo, ¿por qué no apagar precisamente ese interruptor? Así llegó imatinib, aprobado a comienzos de este siglo, uno de los medicamentos que inauguró la era moderna de las terapias dirigidas contra el cáncer.

Y ocurrió algo que a aquel estudiante de medicina le habría costado creer. Hoy muchos pacientes con LMC en fase crónica toman diariamente un inhibidor de tirosina cinasa y llevan vidas prolongadas mientras se vigila mediante pruebas moleculares cuánto BCR-ABL1 queda en su sangre. Le decía, mira Hernando, con tu diagnóstico en 1985, tu esposa (una hermosa mujer de 55 años) estaba condenada a un segundo matrimonio pero hoy con el tratamiento que recibes tu supervivencia global estimada a 10 años es del 90% (en mi cabeza bromista imaginé a la esposa diciendo: “uf, que lástima.., quería estrenar”). Me quedé pensando en aquel estudiante caminando por los corredores fríos del Hospital San José, a las 2 am: si pudiera contarle cómo se tratan hoy algunas leucemias, probablemente no me creería. Y eso es precisamente lo maravilloso de haber envejecido ejerciendo medicina: uno alcanza a ver enfermedades que parecían sentencias convertirse en enfermedades que aprendimos a controlar.

DEL SOBREPESO Y PREDIABETES
Complemento inyectable

Hace dos meses atendí a un paciente conocido desde hace años. Vive en Estados Unidos y cada vez que lo veo pesa un poco más. Esta vez su sobrepeso había aumentado, la hipertensión no estaba controlada y su prediabetes comenzaba a acercarse demasiado a la frontera diabética.

En Estados Unidos ya le habían formulado Mounjaro (tirzapatide) 2,5 mg una vez por semana, que es la dosis con la que habitualmente se inicia el tratamiento durante las primeras cuatro semanas. Esa presentación viene en un vial de 2,5 mg en 0,5 mL. Pero él había hecho su tarea: averiguó que también existía un vial de 10 mg en esos mismos 0,5 mL y enseguida apareció la pregunta: “Barcha, si necesito 2,5 mg cada semana, ¿puedo comprar el vial de 10 mg y utilizarlo para sacar de allí las cuatro dosis del primer mes?”. Había venido, en buena parte, para que lo asesorara sobre esa idea y para saber si realmente podía hacerlo de manera segura.

En Colombia se consigue Mounjaro de 10 mg/0,5 mL a un precio excelente comparado con la presentación de 2,5 mg. Así que no estaba tan descabellado. En Estados Unidos la tirzepatida está aprobada como Zepbound para control del peso en personas con obesidad o con sobrepeso acompañado de enfermedades asociadas, como hipertensión y/o diabetes; la dosis inicial es 2,5 mg una vez por semana durante las primeras cuatro semanas. En Colombia, a agosto del 2026 Mounjaro tiene indicación registrada para diabetes tipo 2, no específicamente para tratamiento del sobrepeso, como el caso de él.

Entonces sacamos la calculadora. El vial de 10 mg contiene cuatro veces la dosis inicial de 2,5 mg. Y ahí estaba la razón de su entusiasmo: con los precios que encontramos en Colombia, un vial de 2,5 mg costaba alrededor de US$82, de modo que cuatro dosis para el primer mes se acercaban a US$327. El vial de 10 mg cuesta aproximadamente US$153. Si uno mira únicamente los miligramos, el ahorro potencial rondaba los US$175 durante esas primeras cuatro semanas, algo más del 50%. Le expliqué la división, cómo interpretarlos y usarlos en una jeringa pequeña de insulina (de 30 unidades) para trabajar con volúmenes reducidos; ..pero se lo repetí varias veces: tenía que ser extremadamente cuidadoso con la dosis. También le advertí que estábamos hablando de una presentación que la empresa que lo produce (Lilly) lo comercializa como dosis única y que reutilizarla implica precauciones adicionales de manipulación, conservación y esterilidad. Ahorrar dinero estaba muy bien; convertir la economía en un error de dosificación, bastante menos.

Alberto regresó 45 días después y pesaba siete kilos menos. Su glucosa había mejorado ostensiblemente, también su presión arterial y, quizá lo que más me gustó escuchar: estaba mucho más contento con el proceso. Tenía menos hambre, estaba consumiendo la cantidad de proteína que le había recomendado y había comenzado a hacer ejercicio de fuerza. Como había tolerado bien la fase inicial, avanzamos a 5 mg semanales. Entonces le dije riéndome que todo lo que estaba ahorrando en medicamento seguramente se lo estaba gastando en pasajes a Colombia. Me corrigió inmediatamente: “Barcha, yo de todas maneras tengo que venir cada 60 días por negocios. Esto para mí es un plus”. Y tiene razón. El verdadero negocio no eran los dólares que había conseguido ahorrar: eran esos siete kilos menos, una presión mejor, una glucosa alejándose de la diabetes, menos músculo perdido durante la dieta y un paciente que, por primera vez en mucho tiempo, sentía que el peso iba en la dirección correcta.

Hasta el próximo viernes,
Barcha