Si escogiste “controlar la presión arterial, el colesterol y el azúcar”, elegiste probablemente la respuesta más completa. Y si escogiste ejercicio, dormir bien o mantenerte social y mentalmente activo, tampoco perdiste el año: todas esas medidas ayudan a proteger el cerebro.
El problema es que me obligaron a escoger una, y cuando uno mete en la misma respuesta hipertensión, colesterol y diabetes, está reuniendo tres enemigos importantes del cerebro en un solo paquete. Algo así como una promoción de supermercado, pero de las que uno preferiría no llevar a casa.
¿Por qué? Porque el cerebro, aunque nos guste imaginarlo como una sofisticadísima computadora, depende de unos 600-700 mililitros de sangre cada minuto. Hipertensión, diabetes y colesterol elevado lesionan progresivamente las arterias grandes y, especialmente, los diminutos vasos que penetran el tejido cerebral. Con los años pueden aparecer enfermedad de pequeños vasos, infartos microscópicos, alteraciones de la sustancia blanca y daño vascular que disminuyen la llamada “reserva cerebral”.
Y esto no solo aumenta el riesgo de demencia vascular: los factores vasculares también parecen interactuar con los procesos relacionados con la enfermedad de Alzheimer. En pocas palabras: podemos tener un cerebro con muy buenas neuronas, pero si dañamos durante 20 años las tuberías que las alimentan, no esperemos que a los 80 funcionen como recién instaladas.
La evidencia ya es bastante seria. Las nuevas recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud de julio de 2026 señalan que controlar hipertensión, diabetes e hipercolesterolemia forma parte de las estrategias para reducir el riesgo de deterioro cognitivo y demencia.
Además, estiman que hasta alrededor del 45 % del riesgo de demencia está relacionado con factores potencialmente modificables. Ojo: eso NO significa que puedas reducir individualmente tu riesgo exactamente un 45 % tomando una pastilla para la presión. Es una estimación poblacional que reúne múltiples factores modificables a lo largo de la vida: hipertensión, diabetes, colesterol, tabaquismo, sedentarismo, aislamiento social, pérdida auditiva y otros.
Y tenemos algo todavía más interesante: no todo proviene de estudios observacionales. En el ensayo SPRINT MIND, realizado en más de 9.000 adultos hipertensos de 50 años o más, un control más intensivo de la presión arterial redujo aproximadamente un 19 % el riesgo de deterioro cognitivo leve. En el seguimiento prolongado, la reducción de demencia probable fue del 14 %, aunque este último resultado no alcanzó significación estadística; sí se mantuvo una reducción significativa del resultado combinado de deterioro cognitivo leve o demencia.
Es decir, controlar bien la presión no solamente evita infartos, insuficiencia renal y accidentes cerebrovasculares: también parece ser una inversión a largo plazo en ese órgano donde guardamos los nombres de nuestros hijos, las claves del banco y, misteriosamente, la letra completa de canciones que no escuchamos desde 1983.
Así que mi mensaje después de los 45 es sencillo: míddete la presión, conoce tu colesterol y ponle atención a tu glucosa. Haz ejercicio, tanto de tipo cardio como de fuerza, no fumes, no tomes alcohol, manténte socialmente activo, cuida la audición y duerme razonablemente bien.
No tenemos una fórmula que garantice que nunca tendremos demencia, pero sí sabemos que el cerebro de los 75 años comienza a cuidarse mucho antes. Esperar a los 75 para comenzar a protegerlo es como acordarse de cambiar el aceite del carro cuando ya está saliendo humo del motor.El cerebro también tiene arterias. Cuídalas mientras todavía se acuerda dónde dejó las llaves.