Del lenguaje evocador
Discusión muy divertida

Mi consultorio está en un segundo piso y tiene un ventanal enorme, que es envidia entre mis colegas condenados a consultorios donde la única vista panorámica cambiante es la puerta de entrada. Desde allí veo la entrada de un gran almacén de cadena con sus pequeñas escenas de la vida cotidiana. Hace unos días, mientras esperaba al siguiente paciente, vi a dos mujeres enfrascadas en una discusión que terminó, como suelen terminar estas peleas, cuando el vocabulario abandonó la Real Academia Española y entró en el territorio de la creatividad salvaje. No alcanzaba a oírlo todo, pero en algún momento una de ellas elevó suficientemente la voz y escuché: “¡Ve a que te lama un sapo por si estás preñada,… vieja zorra!”. Quedé con una gran sonrisa porque recordé inmediatamente una historia que aprendí cuando cursaba Historia de la medicina, en mi segundo año de carrera. Pensé: esta señora no lo sabe, pero acaba de resumir, con algunas imprecisiones técnicas, uno de los capítulos más curiosos de la historia del diagnóstico del embarazo.

Me acordé de Sir Lancelot Hogben. Lo de Sir se lo puse yo, porque en realidad nunca fue nombrado caballero, pero con ese nombre uno siente que este médico vestía con armadura. Hogben, además de médico, era zoólogo y estadístico, y en 1930 durante sus trabajos en Sudáfrica, investigando el efecto de las hormonas sobre las ranas, descubrió que al inyectarles ciertos extractos hormonales, las hembras ponían huevos aun sin un macho presente. Él sabía que en la orina de la mujer embarazada aumentaba mucho una hormona, la gonadotropina coriónica humana (hCG). Entonces hizo lo que hoy habría necesitado comité de ética, protocolo, consentimiento informado y unas 78 firmas: inyectó esa orina en la rana. Si la mujer estaba embarazada, la hCG hacía que la rana pusiera huevos en pocas horas.

Se le llamó test de Hogben y podía dar una respuesta aproximadamente en cinco horas, las ranas no tenían que morir y el método llegó a alcanzar una exactitud reportada de 99,8 %. Durante los años cuarenta se utilizaron decenas de miles de estas pruebas. Hoy compramos una prueba de embarazo, ponemos unas gotas de orina y unos anticuerpos detectan específicamente la beta-hCG; todo ocurre en minutos y sin tener una rana de guardia en el baño. Pero el principio sigue siendo el mismo: buscar la hCG producida durante el embarazo.

Así que aquella señora de la pelea no estaba equivocada en el procedimiento, solo que el sapo no tenía que lamer a nadie, había que inyectarle la orina. Claro que, admitámoslo, como insulto callejero “ve a que te lama un sapo” tenía muchísimo más futuro que “vaya y solicite una determinación biológica de gonadotropina coriónica humana mediante Xenopus laevis (nombre técnico de ese sapo)”.

De las “novedades científicas”
El chucrut, competencia del ozempic

Tal vez hayas notado que cada 7 a 10 años un alimento es elevado a la categoría de superhéroe que resuelve todos tus problemas metabólicos. Hace unos años fue el Noni, después llegó el aceite de coco, luego el vinagre de manzana y ahora le llegó el turno al chucrut, el humilde repollo fermentado que de repente parece haber conseguido especialización en obesología. En redes sociales escuchas que el chucrut “sana el intestino”, mejora el microbioma, disminuye la inflamación, controla el apetito y te hace perder peso. El razonamiento es sencillo: el chucrut es bajo en calorías, contiene fibra y microorganismos derivados de la fermentación. El problema empieza cuando pasamos de “esto podría tener efectos interesantes sobre el intestino” a “coma chucrut y sea delgado”.

Hasta ahora no existe un ensayo clínico aleatorizado que demuestre que comer chucrut, por sí solo, produzca una pérdida de peso clínicamente importante. Uno de los estudios utilizados para defender esta idea incluía chucrut y otros alimentos fermentados dentro de una dieta de 1100 a 1300 kcal al día (una dieta estándar tiene alrededor de 2000 kcal diarias). Y ahí aparece ese pequeño detalle incómodo que suele arruinar las dietas milagrosas: si reduces considerablemente las calorías, probablemente bajarás de peso aunque el repollo esté sentado en la cocina leyendo el periódico. Esto tampoco significa que los alimentos fermentados sean inútiles; significa algo mucho menos emocionante para TikTok: todavía estamos aprendiendo qué modificaciones del microbioma realmente se traducen en beneficios clínicos importantes.

Entonces, ¿hay que expulsar al chucrut de la nevera? Por supuesto que no. Puede ser un alimento nutritivo, rico en fibra y de baja densidad calórica dentro de una alimentación equilibrada. Pero no es una “dieta para adelgazar”, ni sustituye un déficit energético sostenible, actividad física, preservación de masa muscular y, cuando corresponde, tratamiento médico de la obesidad. Y hay una pequeña letra menuda que conviene leer: algunos productos contienen bastante sodio, algo relevante en personas con hipertensión, insuficiencia cardiaca o enfermedad renal; además, los fermentados pueden contener histamina y tiramina que pueden exacerbar las alergias, y los productos no pasteurizados requieren precauciones particulares en ciertas personas vulnerables. Solo procura no pedirle que haga el trabajo de todo el metabolismo humano: al fin y al cabo sigue siendo repollo… aunque haya pasado unos días fermentando y haya contratado un buen equipo de mercadeo.

de Limerencia
Barcha, ayúdame a superar este amor?

Hace poco atendí a un paciente de 77 años con un problema que no aparecía en ninguno de los exámenes que yo suelo pedir. Estaba dolorosamente enamorado de una mujer de 40 años. Digo dolorosamente porque aquello había dejado de ser simplemente una relación complicada: ella ocupaba buena parte de sus pensamientos, él esperaba sus mensajes, interpretaba sus silencios y la relación era apenas parcialmente correspondida con una sonrisa (ajá, igual me pasó cuando me enamoré de la profe de francés en 4o de primaria). Él venía por un consejo. No quería psiquiatra, no quería psicólogo, no quería una explicación de veinte minutos sobre neurotransmisores: quería mi opinión y, sobre todo, quería saber qué hubiera hecho yo en su lugar. Le confesé que mi experiencia en esos asuntos era bastante escasa, tanto clínica como personalmente. Tampoco podía recurrir a mis “conocimientos” obtenidos de la literatura y el cine: me gustan las películas de acción, el drama me produce prurito y he observado que los libros con demasiados sufrimientos amorosos casi nunca los termino. Así que hice algo perfectamente médico: llamé a un colega. Cuando uno no sabe, consulta. Incluso cuando el órgano comprometido parece ser el corazón, pero el electrocardiograma está perfecto.

Mi colega y yo coincidimos en algo: antes de diagnosticar una enfermedad había que recordar que enamorarse intensamente no tiene límite de edad. Existe incluso un término, limerencia, que describe un estado de preocupación amorosa intensa, involuntaria e intrusiva, alimentada especialmente por lo que vivía mi paciente: la incertidumbre sobre si el otro nos corresponde. La investigación es todavía limitada y mucho más escasa específicamente en adultos mayores, pero encontré un estudio publicado en 2026 sobre las personas con limerencia incapacitante: ellas podían pasar la mitad de sus horas despiertas pensando en esa persona, con una importante sensación de tristeza y soledad.

Pero mi paciente no necesitaba necesariamente que yo le diera una etiqueta a su problema. Necesitaba comprender algo mucho más sencillo: que cuando una relación ofrece pequeñas dosis de esperanza mezcladas con largos períodos de incertidumbre, el cerebro puede convertirse en un pésimo asesor sentimental. Un mensaje cariñoso de vez en cuando (como la sonrisa dulce que ella le daba) puede mantener funcionando una novela que racionalmente uno ya sabe cómo termina.

Entonces apareció la pregunta médica: ¿debía darle algún medicamento para ayudarlo a salir de aquello? No encontré una buena razón para hacerlo. No existe un medicamento aprobado para la limerencia ni evidencia clínica suficiente para prescribir un antidepresivo simplemente para disminuir un enamoramiento obsesivo. Y a los 75 años, agregar una pastilla nunca es una decisión trivial. Lo que sí me parecía indispensable era comprobar que aquel comportamiento no fuera la primera manifestación de otra cosa. Si un enamoramiento intenso aparece acompañado de un cambio marcado de personalidad, desinhibición sexual, impulsividad, gastos extravagantes, grandiosidad, reducción importante de la necesidad de dormir o deterioro cognitivo, entonces la historia cambia. Esos son síntomas que asociamos a la Manía de aparición tardía y que pueden ser secundarios a medicamentos, trastornos hormonales, enfermedad cerebrovascular y enfermedades neurológicas, entre otras causas. En mi paciente, nada de eso estaba presente, quizá no había que convertir una pena amorosa en una enfermedad. A veces el tratamiento más incómodo no viene en tabletas: consiste en aceptar que uno está queriendo mucho más de lo que lo están queriendo.

Por eso, ahora que escribo este artículo, creo que mi recomendación de poner distancia de la fuente de su “problema” tenía sentido. Y, ayer en la mañana hablando del tema con otro paciente de sesenta y ocho, quien ha vivido varias experiencias similares me decía: Barcha, lo que ocurre es que a esta edad ya no tenemos una red para hablar de esos temas que son más de adolescentes o de jovenes. A mí me ha servido alejarme y enamorarme de otra …. Perro sinvergüenza, diría mi mamá.

Pero si a los 75 años aparece de repente un Romeo que su familia no reconoce, duerme tres horas, hace gastos extravagantes en ropa y perfumes, pierde inhibiciones o presenta otros cambios cognitivos o conductuales, ya no me conformaría con decirle: “Señor, búsquese una novia que lo quiera más”. Cupido puede disparar flechas a cualquier edad, lo que no debemos olvidar es que debajo de ese comportamiento atípico puede estar creciendo un desorden neurológico. Por eso la expresión enamorado locamente podría ser un pleonasmo

Bibliografía para los curiosos:

Evans C, Panton SO, Strawson WH, Floyd E, Kellett S, Poerio GL. Love, longing and obsession: Features, correlates, comorbidities, and real-time cognitive-affective dynamics of limerence. Acta Psychologica. 2026;267:107043. DOI: 10.1016/j.actpsy.2026.107043.

de sana sanota
Barcha, por qué debo hacer más exámenes?

Alicia llegó feliz con sus exámenes. Tiene 62 años, es alegre, activa, lleva tres años con hipertensión muy bien controlada y, en general, se siente estupendamente. Extendió sus resultados sobre mi escritorio con la satisfacción de quien viene a demostrar que hizo bien la tarea: glucosa en ayunas de 94 mg/dL y HbA1c de 5,6 %. Le medí la cintura: 88 cm, apenas ocho centímetros por encima de la meta de 80 cm que habíamos establecido para su perímetro abdominal. “Barcha, entonces estoy bien”, me dijo sonriendo. “Vas muy bien, Alicia, pero quiero que hagamos una prueba de tolerancia a la glucosa: medimos tu glucosa en ayunas, tomas 75 gramos de glucosa y volvemos a medirla dos horas después”. Me miró con esa cara que ponen mis pacientes cuando sospechan que estoy buscándole un pelo blanco al gato negro, y me preguntó: “¿Y por qué crees que debo hacerme eso si todo está bien?” 👉 por aquí

Hasta el próximo martes,
Barcha