Músculos
Músculos después de los 60’s

Mi hermano menor tiene 58 años. Hace unos dos años comenzó a prestarle atención en serio a su salud metabólica: ajustó la alimentación, empezó a hacer ejercicio todos los días, suspendió buena parte de los postres y redujo aquellas reuniones amenizadas con vino. El asunto es que ahora hace ejercicio de fuerza y, como ocurre con muchos hombres de 50 y 60 años que descubren las pesas, me hizo la pregunta inevitable: ¿a esta edad, cuánto músculo puedo ganar?

La respuesta, basada en ciencia, es menos espectacular que la de las redes sociales: en mayores de 50 años y vaaaaaarios meses de entrenamiento de fuerza suelen producirse alrededor de medio kilo de aumento de masa magra o muscular medible. Mi hermano me interrumpió enseguida: “Oye, pero la báscula me dice que aumenté dos kilos de masa magra”. Lo miré a través de WhatsApp y le dediqué una amplia sonrisa socarrona. Él seguía esperando mi felicitación, así que dejé pasar otros cuatro segundos, disfruté un poco del café que tomaba y le dije: “Ey, tranquilo, Schwarzenegger, antes de comprar camisetas una talla más grande, hablemos de esos dos kilos”. Porque cuando una báscula dice que aumentaste dos kilos de masa magra en 2 meses, no está certificando ante notario que hayas fabricado dos kilos de músculo nuevo. Allí pueden estar metidos agua, glucógeno y otros tejidos. Así que cuando alguien de 60 años anuncia que ganó cuatro kilos de músculo puro en tres meses, quizá además de entrenar bíceps esté entrenando algo todavía con mayor capacidad de hipertrofia: la imaginación.

Noté a mi hermano algo desanimado. Creo que había imaginado regresar a Cartagena con 58 años, quitarse la camisa playera y creer que las muchachas admirarían sus músculos y no se fijarían en sus canas y arrugas. Le dije que dejara tranquila a Cartagena porque estaba mirando el premio equivocado. Y es que músculo y fuerza no son lo mismo y, para tener salud, la fuerza parece importar mucho más que el tamaño del brazo. De hecho en una muestra estadounidense de mayores de 50 años, quienes tenían baja fuerza muscular presentaron aproximadamente el doble de mortalidad, incluso cuando su masa muscular era buena. Más interesante aún, datos prospectivos publicados en 2026 de 147.374 personas seguidas hasta 30 años encontraron que hacer entre 90 y 119 minutos semanales de entrenamiento de fuerza se asociaba con

  • 13% menos mortalidad por cualquier causa,

  • 19% menos mortalidad cardiovascular y

  • 27% menos mortalidad por enfermedades neurológicas,

Y la fuerza también parece tener que ver con cómo salimos de una hospitalización: los adultos mayores con baja fuerza en la mano tuvieron 2,36 veces más probabilidades de desarrollar discapacidad para las actividades cotidianas después de una hospitalización.

Son asociaciones y no permiten afirmar que cada kilo adicional que levantes te compre determinados años de vida, pero el mensaje es difícil de ignorar: a los 58 años importa menos llenar la camiseta y mucho más conservar la capacidad de levantarte, cargar, empujar, subir escaleras y seguir siendo independiente.

Claro, él insistía en volumen muscular. “Oye, pero para ganar fuerza no necesito que haya más músculo?” Sí, algo de músculo ayuda, pero no necesitas fabricar mucho músculo nuevo para ganar bastante fuerza. Es como una empresa: no siempre necesitas contratar más empleados, a veces basta con lograr que los que ya estaban sean más eficientes y empiecen a trabajar coordinadamente. Con el entrenamiento, el sistema nervioso aprende a reclutar mejor las fibras musculares que ya tienes. Por eso puedes volverte bastante más fuerte aunque el bíceps apenas cambie de tamaño.

Así que “aterricé” a mi hermano: quizá cuando vuelva a Cartagena las muchachas no se desmayen al verlo pasar, pero si sigue entrenando fuerza, aumentará considerablemente las probabilidades de que pueda continuar caminando por la playa sin ayuda, hasta la edad de Matusalen.

Bibliografía para curiosos

Li R, Xia J, Zhang XI, et al. Associations of Muscle Mass and Strength with All-Cause Mortality among US Older Adults. Med Sci Sports Exerc. 2018;50(3):458-467. PMID: 28991040.

Zhang Y, et al. Long-term resistance training with all-cause and cause-specific mortality: assessing dose-response and joint associations with aerobic physical activity. Br J Sports Med. 2026;60:874-883. doi:10.1136/bjsports-2025-110503

Doctor, doctor… la glucosa..
El azúcar empieza a patear la puerta

El pasado viernes por la tarde, una de mis pacientes queridas, de esas con las que me río de sus apuntes y ella de mis chistes, me llamó porque tenía la glucosa en sangre en 290 mg/dL. Me lo dijo con esa voz que uno usa cuando descubre que el banco cobró dos veces la misma cuota: “Barcha, ¿esto puede esperar hasta el lunes?”. Le pedí que revisara el glucómetro, que se asegurara de que las cintas o tirillas de pruebas estuvieran no estuvieran vencidas y que repitiera la medición después de lavarse y secarse bien las manos, porque una fruta recién cortada puede convertir un dedo en una pequeña fábrica de resultados falsos. Pero, efectivamente, el segundo resultado confirmó los 290, aquello ya no era una visita social de la glucosa: venía con sirena. Haz clic aquí para saber cuándo una glucosa alta exige llamar al médico y cuándo no conviene esperar.

De la comunicación
El lenguaje inclusivo

Hace tres semanas atendí a Orlando, un paciente de 89 años a quien conozco desde hace más de 35. Es poseedor de una vitalidad que ya quisiera replicar en muchos de mis pacientes menores de 70. Venía francamente afectado de la consulta con una neuróloga joven a quien yo lo había remitido. Orlando le hablaba de “mi esposa”, como ha llamado durante décadas a la mujer con quien comparte su vida, y la médica lo interrumpía para sugerirle que dijera “mi pareja”. Más adelante ocurrió algo parecido cuando Orlando habló de “los ancianos” de su familia y ella prefirió corregirlo: “personas mayores”. Ahí comenzó una de esas consultas en las que el motivo de la remisión va perdiendo por goleada frente al diccionario. Orlando trataba de explicar su historia, la doctora intentaba actualizarle el vocabulario y finalmente regresó conmigo confundido, preocupado incluso por haber dicho algo ofensivo. Lo escuché y pensé que, a los 89 años, después de haber sobrevivido a dos infartos, un atentado y a la COVID, probablemente uno merece por lo menos conservar el derecho de llamar esposa a su esposa.

El lenguaje inclusivo puede tener una intención perfectamente respetable: evitar expresiones que excluyan, estigmaticen o presupongan características de las personas. El problema comienza cuando la intención de incluir termina dificultando la comunicación con la persona que tenemos enfrente. En medicina, especialmente con adultos mayores, el lenguaje debería acercarnos, no convertirse en un examen de actualización lingüística. Si Orlando dice “mi esposa”, yo necesito saber qué le ocurre a Orlando y qué papel tiene su esposa en su vida, no detener la consulta para modernizarle el sustantivo. Y si dice “anciano”, antes de corregirlo quizá convenga recordar que él nació cuando esa palabra no necesitaba manual de instrucciones. El respeto también consiste en escuchar cómo una persona nombra su propio mundo. Podemos aprender nuevas maneras de hablar sin obligar a quien tiene 89 años a salir de la consulta creyendo que, además de revisar su memoria, ahora tiene que actualizar el diccionario.

del Mitos
Barcha, puedo tomar alcohol y antibiótico?

Hay recomendaciones médicas que parecen un artículo de la Constitución: “Si tomas antibióticos, no tomarás alcohol”. El paciente comienza amoxicilina el viernes y mira con tristeza la copa de vino del sábado como si estuviera despidiéndose de un familiar. Pero resulta que la ciencia nos ha aguado un poco la fiesta… o quizá se las ha devuelto a quienes aún toman licor. Una revisión de la evidencia encontró que con varios antibióticos habituales, incluidas penicilinas orales, azitromicina y algunas cefalosporinas, no se ha demostrado que un consumo moderado de alcohol produzca esa peligrosa interacción universal que predicábamos.

Cuando estaba en mi tercer año de medicina, nuestro profesor de Farmacología hablaba con tanta solemnidad del peligro de la interacción metronidazol-alcohol que yo imaginaba que si acercaba una tableta de metronidazol a una botella de cerveza, se produciría una reacción termonuclear. Confieso que estuve a punto de regar con ron (del más barato) el jardín del profesor y lanzarle una de esas tabletas… porque una vez se le ocurrió adelantarnos un examen para el que yo no estaba preparado. Bueno, pues esa interacción ha resultado ser más discutible de lo que aprendimos: estudios experimentales y una revisión de 2026 concluyó que la evidencia disponible no apoya con fuerza una interacción clínicamente significativa.

Ahora viene la frase que quisiera escribir en letras grandes: esto NO significa que debas decidir por tu cuenta que puedes beber licor mientras tomas un antibiótico. Hay antimicrobianos que sí pueden tener interacciones importantes, el alcohol puede empeorar mareo, náuseas, vómito o deshidratación producto de la infección, y tu médico conoce de tus otras enfermedades y los otros medicamentos que estás tomando. Con metronidazol, por ejemplo, aunque la evidencia científica reciente discuta la famosa reacción, la información oficial de prescripción continúa recomendando evitar el alcohol durante el tratamiento y por al menos hasta tres días después.

Por eso la conclusión no es “Miren, Barcha autorizó el aguardiente con antibióticos”. ¡Ni se les ocurra meterme en ese bar! La conclusión es mucho más interesante: no todos los antibióticos se comportan igual y algunas prohibiciones históricas tienen menos evidencia de la que creíamos, pero las instrucciones de tu médico están por encima de lo que acabas de leer aquí. Primero pregúntale a él. La botella puede esperar, las bacterias, lamentablemente, no siempre son tan pacientes.

Bibliografía para los curiosos:

Mergenhagen KA et al. Fact versus Fiction: a Review of the Evidence behind Alcohol and Antibiotic Interactions. Antimicrob Agents Chemother. 2020;64:e02167-19.

Orire I et al. Revisiting the Disulfiram-Like Reaction Between Alcohol and Oral Metronidazole. Sex Transm Dis. 2026;53:205-208.

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Hasta el próximo martes,
Barcha