Cosas de la vida diaria
¿Será que tengo parásitos?

Ejerzo la medicina hace más de 35 años y hay preguntas que han sobrevivido a las modas, a los teléfonos inteligentes y, sospecho, que hasta al alcanfor. Una de ellas es: “Doctor, ¿será que tengo parásitos?”. Casi siempre seguida de la confesión: “Hace rato no me desparasito”, como si el intestino necesitara mantenimiento de los 10.000 kilómetros. Pero aquí empieza lo divertido: hay un parásito que puede medir 35 centímetros, otro que sale de noche a producir una picazón capaz de arruinar el sueño, una tenia que puede alcanzar varios metros y unos pequeños vampiros que entran por los pies y terminan robándonos sangre en el intestino. Si alguna vez has pensado que “desparasitarse” consiste simplemente en tomarse una pastilla cada seis meses, sigue leyendo, porque estos personajes tienen historias bastante más entretenidas de lo que uno quisiera tener viviendo dentro.

El VPH
Quién trajo la infección?

Hace unas semanas atendí a una pareja muy querida que ronda los cuarenta. Ella traía dos resultados que, puestos uno al lado del otro, parecían contradictorios: citología vaginal negativa para lesión intraepitelial o malignidad, pero una prueba de VPH, virus del papiloma humano, con genotipificación positiva para el tipo 18. El VPH genital es una infección de transmisión sexual: pasa de una persona a otra por contacto íntimo de piel y mucosas durante la actividad sexual, y ni siquiera necesita penetración para hacerlo. La muestra para detectar el virus se obtiene del cuello uterino de forma muy parecida a la citología y el laboratorio busca su material genético. Genotipificar significa que no se limita a informar “hay VPH”, sino que identifica qué tipo está presente. Y eso importa porque existen muchos genotipos: algunos producen principalmente verrugas y otros, llamados de alto riesgo, pueden participar en el desarrollo del cáncer de cuello uterino. Entre estos últimos, el 16 y el 18 son los que más atención reciben

Ese VPH 18 les preocupaba, pero había algo más. Yo lo intuía, pero quería que lo expusieran para tener mayor libertad de hablarles. La pregunta apareció unos minutos después: “¿ajá, Barcha, y cómo llegó este bicho a nuestro matrimonio?”. Cuatro años antes ella había tenido una citología normal y una prueba de VPH negativa. Así que la conversación dejó de ser exclusivamente médica y empezó a parecerse peligrosamente a una investigación policial: fechas, parejas, recuerdos y silencios incómodos.

Hay algo que con el VPH es fundamental explicar: un resultado positivo hoy no funciona como una factura que dice quién y cuándo se adquirió. El virus te puede haber infectado muchos años antes, permanecer controlado por el sistema inmunológico y posteriormente volver a aparecer. Por supuesto, la positividad también puede indicar una infección reciente. Por eso, una prueba negativa años atrás y una positiva recientemente no permite reconstruir con precisión la historia de una infección.

La mayoría de las veces nuestro organismo consigue controlar el virus. El sistema inmunológico mantiene a raya las células infectadas y, en muchas personas, el virus termina dejando de ser detectable. El problema aparece cuando uno de los genotipos de alto riesgo persiste durante años y empieza a producir cambios en las células del cuello uterino. Por eso una citología normal es una muy buena noticia, pero un VPH 18 positivo no se guarda tranquilamente en el cajón de “todo bien”. No significa que ella tenga cáncer, ni siquiera que tenga una lesión precancerosa; significa que encontramos uno de los tipos de VPH que merece que miremos el cuello uterino con más atención. De hecho, las guías recomiendan colposcopia ante un VPH 18 positivo aunque la citología sea normal, precisamente por su asociación relativamente mayor con cáncer cervical.

Así que, antes de seguir buscando quién había invitado al bicho, había algo bastante más útil que hacer: averiguar si había dejado alguna huella. La remití a mi colega ginecólogo-oncólogo Amaury García Burgos, quien le hará una colposcopia. El ginecólogo observa el cuello uterino con el colposcopio, una especie de lupa muy potente que permanece por fuera del cuerpo. Luego aplica unas soluciones que hacen resaltar las zonas que pudieran tener cambios anormales y, si encuentra alguna, puede tomar una pequeña biopsia para analizarla. En mujeres con VPH 18, además, puede ser necesario revisar con especial cuidado el canal endocervical, porque algunas lesiones pueden esconderse allí y no verse fácilmente desde la superficie. La prueba de VPH nos dijo que el visitante está presente; la colposcopia nos ayudará a saber si simplemente está de paso o si ya empezó a dejar huellas..

De los estudios
Ejercicio y Parkinson

Tengo varios pacientes con Enfermedad de Parkinson a quienes he visto cómo les cambia la película: primero caminan un poco más despacio, después levantarse de una silla empieza a requerir negociación, aparece la rigidez y, en algunos, llegan esas pequeñas fallas cognitivas que preocupan mucho más de lo que suelen admitir. Uno quisiera tener una tableta que dijera: “tómese una después del desayuno y dejamos el Parkinson congelado aquí”. No la tenemos. Hasta ahora ningún medicamento ha demostrado modificar claramente el curso de la enfermedad. Pero un estudio reciente siguió a 294 personas con Parkinson leve a moderado evaluando la cognición hasta cinco años y la función motora hasta siete. Y volvió a aparecer ese tratamiento que no tiene patente, no manda visitador médico y jamás invita a almorzar al doctor: el ejercicio. Los más activos mostraron una progresión cognitiva y motora más lenta.

La buena noticia es que nadie tiene que empezar a entrenar para cruzar los Andes en bicicleta. Los investigadores dividieron a los participantes entre quienes hacían menos de cuatro horas, entre cuatro y ocho y más de ocho horas semanales de actividad moderada o vigorosa. Caminar rápido, montar bicicleta tranquilamente, nadar, jugar tenis en dobles e incluso ciertas tareas domésticas entraban en la cuenta. Y aquí aparece un dato que me gusta especialmente: pareció importar más acumular tiempo activo que convertir cada sesión en una prueba de supervivencia. Incluso quienes superaban las cuatro horas semanales tuvieron un deterioro cognitivo más lento que los menos activos, y el grupo que más se movía mostró también la progresión motora más lenta. Cada hora semanal adicional de actividad se asoció con menor deterioro cognitivo y motor.… Así que lavar los platos todavía no reemplaza completamente una sesión de ejercicio, pero si alguna esposa tiene dificultades argumentales para que el esposo flojo ayude a lavar los platos este estudio puede servirle.

Ahora viene la letra pequeña, porque en medicina las letras pequeñas suelen tener mejor memoria que nosotros: este estudio no demuestra que el ejercicio sea la causa de esa menor progresión. Fue observacional, la actividad fue reportada por los propios pacientes y también puede ocurrir lo contrario: quienes progresan más lentamente quizá simplemente pueden seguir moviéndose más. Aun así, la historia biológica tiene sentido: el ejercicio puede favorecer el flujo sanguíneo cerebral, la neuroplasticidad, los factores neurotróficos y modular la inflamación; estudios previos incluso han mostrado mayor conectividad funcional y menor atrofia cerebral en pacientes que entrenaban. Por eso, cuando un paciente con Parkinson me pregunta qué más puede hacer además de tomarse sus medicamentos, mi respuesta cada vez tiene más respaldo: muévete todo lo que razonablemente puedas y hazlo con constancia. No sabemos todavía si el ejercicio logra ponerle el freno de mano al Parkinson, pero quedarse sentado esperando que alguien invente el freno parece, cada vez más, una estrategia bastante mala.

Bibliografía para curiosos

Ryu DW, Duque KR, Marsili L, et al. Physical Activity and Motor and Cognitive Progression in Parkinson Disease: A Longitudinal Cohort Study. Neurology. 2026;107(9):e218682. Es el estudio que comentamos: 294 personas con Parkinson leve a moderado, con seguimiento de la función cognitiva y motora durante varios años.

de recién nacidos
Míralo, gordito y lindo!

El jueves pasado atendí a una abuela orgullosa de su primer nieto. Antes de que terminara de preguntarle cómo estaba el niño, ya tenía el celular en la mano: “Barcha, míralo”. En la pantalla apareció un recién nacido espectacularmente robusto, de esos que uno mira y piensa que nació listo para entrar al colegio. Aquel muchachote parecía haber aterrizado con más de 4 kg. Hace muchas temporadas que no atiendo niños, pero enseguida pensé en algo que a veces pasa inadvertido: algunos bebés que nacen muy grandes pueden estar mostrando desde el primer día una pista de mayor riesgo metabólico futuro. No significa que vayan a ser diabéticos, pero sí que después de los 45 tienen más probabilidad de obesidad, resistencia a la insulina, prediabetes o diabetes tipo 2. Es curioso: a veces la primera página de una historia metabólica se escribe mucho antes de que el protagonista aprenda siquiera a decir “azúcar”.

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Hasta el próximo sábado,
Barcha